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Paso 4. Localice el penúltimo párrafo y lea con atención la frase señalada, que habría de traducirse como Como la historia de los movimientos pasados muestran, nada aterroriza más a aquellos que gobiernan los Estados Unidos de América que el peligro de ruptura de la democracia, entendiendo aquí la palabra democracia como el sistema establecido que padecen los ciudadanos de Estados Unidos.
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Paso 6. PPásmese de asombro con la traducción que resulta: Ahora dice que nada aterroriza más a los que dirigen a (sic) los Estados Unidos que (¡atención!) el peligro de la democracia en Madrid (!!!!)
Paso 7. Revuélquese de risa si lo considera oportuno. Y si no, muera de miedo.
Es asombroso el particular ejercitamiento que sufrimos para aprender a hacer una firma. Qué cantidad de tiempo perdido en una acción tan reprobable. Horas y horas de prácticas, escribiendo una y otra vez nuestro propio nombre, bien completo, bien con iniciales, bien sólo el apellido, bien -esto es propio de las firmas menos serias o más juveniles- empleando el nombre de pila, bien con una combinación babélica de las anteriores. Adornamos -somos adoctrinados en el adorno- con las mil maneras de la rúbrica: líneas que se entrelazan o que parten rectas como flechas, o que serpentean bajo la línea de escritura, la cortan, zigzaguean sobre la caja, se asientan en los laterales, o que giran en torno a sí mismas en un loco movimiento a ninguna parte. También, cómo no, se emplean los signos, más o menos mistéricos, que la acompañan en ocasiones: las cruces, las estrellas de cinco puntas (o de cuatro, o de seis) las coronas, los círculos, los asteriscos, los cuadradillos. El particular ductus, que puede ser registrado, escrutado, estudiado, comparado, autentificado. Toda una serie de elementos gráficos que se orientan a tratar de hacer de la firma una marca personal, un sello característico y único (sin apercibirse quien la traza que está atrapado en un repertorio escaso, mil veces repetido).
No es inocente: Ésta es una enseñanza que recibimos en la infancia. Como en los cilindros-sello de Uruk, aprendemos a grabar en nuestros libros y cuadernos para dar fe de que son nuestra pequeña e inicial propiedad. El libro es de Pedrito (o de María), y no de ningún otro. El cuadernito de ejercicios lleva (a veces muchas veces) la firma que nos han dicho que tenemos que hacer y cómo tenemos que hacer. Nos instigan a aprender a firmar para poseer, y éste es su primer uso, maligno y capitalista. Lo mío, lo que ha de distinguirse del resto de las cosas. En esto somos ejercitados.
Pero si no fuese suficientemente maligno que el ejercicio de la firma tenga como objetivo el crear un marchamo personal que pueda certificar la propiedad privada, incluso sirve para dar testimonio de nuestra conformidad (¡El nombre personal como una muestra de asentimiento!), en un retorcimiento lingüístico que encuentra pocos parangones. Cuando nos preguntan si estamos de acuerdo con algo, respondemos con una afirmación, con una negación, con las decenas de matices de la atenuación, de la duda o de la condicionalidad: jamás con nuestro propio nombre... excepto en el caso de los documentos firmados. Yo, o el nombre de Yo, o mejor, la personal manera de la escritura de nuestro nombre propio se transforma de pronto en Sí, en de acuerdo, en me parece bien, en estoy dispuesto, en estoy de acuerdo. La elipsis brutal que se ejerce difumina su sentido. ¿Qué manera hay de entender que una firma en realidad quiere decir que la persona que es autora de la firma y que escribe su propio nombre con una serie de garabatos accede a algo...? ¿Cómo se entiende semejante mensaje mistérico...? ¿En qué cabeza cabe semejante cadena de sobreentendidos...? ¿De qué manera explicarlo, por ejemplo, a una persona desconocedora de nuestra cultura e inmersa en una sociedad ágrafa...?
Tenemos que padecer un último mal, además de su vinculación con la propiedad privada y con la validación de acuerdos: que se constituya como una eficacísima práctica de la formación del yo, del proceso de individuación, de la construcción de una cansina autoafirmación. La marca de yo tiende poderosamente a construir nuestra presencia en el mundo. Somos tanto (o tantas veces) como firmamos, en una tediosa y obsesiva manera de ser. Ya que tenemos firma, ya que somos seres intelectivamente válidos como para crear y repetir miles de veces nuestro propio nombre rubricado y que pensamos que eso está íntimamente relacionado con el yo que somos, podemos reafirmarnos una y mil veces en lo que somos, como malos entendedores de Spinoza. Gritamos a los demás, a lo demás, muy posiblemente de manera innecesaria, que somos, que estamos, que no somos uno de tantos, sino uno concreto, irrepetible, original. Todo ello, porque tenemos firma. De ahí, las centenares, miles de veces que vemos en los cuadernos de los adolescentes (alfabetizados, escolarizados) su nombre escrito (firmado) en las páginas traseras (Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda. O Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo) en un tartamudeo intelectual sin final. Tantas horas sumidos en la terrible evidencia de que somos, como para colmo tener que repetírnoslo secretamente (o en público; darle importancia al ámbito es trivial) tan desorbitado número de veces.
Es desolador tener que vivir en el monótono cacareo del Yo. Ya, de por sí, molesta el narcisismo necio de estar pensando tanto tiempo en uno mismo, teniendo como tenemos los ojos apuntando hacia afuera, hacia el mundo, hacia los demás (que ofrecen tantas cosas que ver) y no hacia nosotros mismos. Aún así tratamos desesperadamente de dejar nuestra firma en el mundo para disfrutar del (ahora) muy confesable placer de constatar nuestra presencia. Algo tan innecesario como cretino.
No a todo el mundo parece quedarle claro la gran diferencia que hay entre placar y aplacar. Para los redactores de la cuarta edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, editado en 1803, placar y aplacar venía a ser la misma cosa, con la salvedad de que la primera de las voces estaba en desuso ya por aquellos días. Ambas provienen del verbo latino placāre, que vale por suavizar o atemperar y que es el significado que se adopta en español. Sin embargo, la forma triunfante en castellano no ha sido la más cercana al latín, sino aquella a la que se le ha unido una particula a- de dirección. Aplacar es, para nosotros, amansar, mitigar o calmar los ánimos soliviantados de alguien.
No es hasta tiempos muy modernos cuando se recoge en los diccionarios de la RAE (en concreto, en la edición de 1985) una segunda acepción del verbo placar, o mejor dicho, otro verbo que tiene exactamente la misma forma. Esta voz, homófona y homógrafa de la anterior, proviene de una fuente totalmente distinta y, por tanto, su significado nada tiene que ver con la precedente: es una importación, un galicismo a partir del verbo francés plaquer que en la terminología del rugby designa aquella acción que consiste en sujetar a un jugador del equipo contrario o aún derribarlo para que no prosiga su avance. En la actualidad, es la acepción de uso mayoritario en los hablantes de lengua castellana y que ha saltado desde el campo especializado del deporte a los sucesos más elementales (por desgracia) de la vida cotidiana. Placar, para un hablante de castellano, ya no es solo sujetar con las manos a un jugador de rugby, sino que pasa a designar cualquier acción de derribo a otra persona de manera ostentosamente física y violenta.
Estando así las cosas, se entenderá que el usar en un texto un verbo u otro puede variar de manera evidente el mensaje que se pretenda enviar. Vean si no cómo cambia un texto según se emplee el verbo placar y aplacar. Obtengo esta imagen de el diario El País, a la que acompañaba el siguiente pie de foto:
Un policía intenta aplacar a un joven durante las protestas estudiantiles contra la nueva ley de educación propuesta por el Gobierno de Sebastián Piñera, cerca de la plaza de La Moneda, en Santiago de Chile.
No sé cómo lo verá aquel que me lea, pero al primero que veo con un ánimo que bien merecería ser atemperado o aplacado es al carabinero; esto es, al que le hace un placaje en toda regla al ciudadano que intenta evitarlo.
A estas alturas, ya dudo de si es una errata, un uso impropio del verbo aplacar o bien una particular percepción de las situaciones que es cada vez más preocupante. Cada vez que la gente se levanta (porque no nos dejan ni respirar, porque no hay canales establecidos más que la protesta en la calle para contactar con unos grupos de poder aislados, encastillados), los medios de comunicación establecidos tienen que tildar su comportamiento de barbárico, de violento, de peligrosísimo, cuando lo único que hacen es ser depositarios de los porrazos (en el mejor de los casos) o de las balas (y no es el peor de los casos). Será como aquello que me contaron hace unos días sobre los furibundos monjes tibetanos que, enloquecidos de odio y de rabia, se lanzaron contra los pobres soldados chinos (quienes supongo que se tendrían que refugiar en sus tanques y abrir fuego con una inocente salva de disparos para evitar ser masacrados por los rosarios de los monjes).
En castellano, el adjetivo perdido, aparte de significar extraviado o sin rumbo aparente, tiene también un valor de cualificación suprema o de refuerzo absoluto. La vigesimosegunda edición del diccionario de la RAE apunta que ha de emplearse
unido a ciertos adjetivos, para aumentar y reforzar el sentido de estos.
No se pronuncia la Academia acerca del valor que tienen los sustantivos a los que acompaña, aunque los ejemplos que brinda son claros: Tonto o histérica son adjetivos sustantivados palmariamente negativos, y cuando decimos de alguien que está enamorado perdido, parecemos estar señalando que está en las más bobas (y para los demás, risibles) mieles del amor1. De esta manera, uniendo lo censurable con la amplificación tonto perdido, histérica perdida o borracho perdido valen respectivamente por totalmente tonto, histérica sin remisión o borracho a más no poder.
Insisto en que el uso parece ser siempre magnificar lo que ya es previamente malo, y que no parece propio de nuestra lengua, tan salvaje y mordaz como aquellos que la hablan, el empleo del perdido en algo que tenga cualidades positivas: no se puede decir que alguien es bello perdido, o inteligente perdido. Al menos, en nuestro siglo. Pero encuentro en un texto del XV un caso que me hace dudar. En el famoso Amadís de Gaula podemos leer:
La otra hija, que Elisena fue llamada, en gran cantidad mucho más hermosa que la primera fue; y comoquiera que de muy grandes príncipes en casamiento demandada fuese, nunca con ninguna de ellos casar le plugo, antes su retraimiento y santa vida dieron causa a que todos beata perdida la llamasen, considerando que persona de tan gran guisa, dotada de tanta hermosura, de tantos grandes por matrimonio demandada, no le era conveniente tal estilo de vida tomar.
En el texto latinizante de Garci Rodríguez de Montalbo, es complicado establecer qué es lo que está ocurriendo. Está claro, por un lado, que tanto hermosura como castidad y retraimiento (de las cosas de este mundo) eran cualidades altamente apreciadas y propias de las grandes damas de la idealizada literatura caballeresca. Del mismo modo, los hablantes del particular castellano (o castellanos) del siglo XV no le daban el mismo sentido a la palabra beato que nosotros. En este amargo siglo XXI, beato bien es la persona que está siguiendo los procesos y trámites de canonización (algo así como quien habita la antesala de la santidad), o bien es aquella que cumple de manera exagerada los procesos cultuales de la religión cristiana (aquella que no sacan de misa ni a tiros). En una escritura tan vocacionalmente cercana al latín como la que emplea Rodríguez de Montalbo, beato conserva el sentido latino de feliz, alegre, contento, con el matiz de que lo es aquella persona que, apartándose de las pompas de este mundo, que sólo crean insatisfacciones, vive su vida con recogimiento y satisfacción en el sentido que promocionaba Tomás de Kempis.
Examinado hasta aquí, podríamos pensar en un uso del castellano para la palabra perdido que no es necesariamente el del aumento y refuerzo de una cualidad negativa. Que, merced a la hibridación con el latín, se ha creado un uso bastardo del adjetivo perdido y que, finalmente, algo puede ser bueno en grado máximo al ir acompañado de esta voz. Sin embargo, ay, hay un matiz final en el que las cosas terminan por imponerse y deslizarse a la verdadera naturaleza del castellano: si era una dama de tal guisa (es decir, de condición noble e incluso real), si atesoraba tal hermosura y tan grandes hombres (de nuevo, en el sentido de clase) la pretendían, no le era conveniente tal estilo de vida tomar: es decir, que las obligaciones de clase se imponen y que lo que podría ser celebrado en una dama perteneciente a un estrato más bajo, en la princesa Elisena (o Helisena, hay variaciones textuales) no era admisible, con lo que el valor positivo del beata termina por torcerse y por alcanzar un sorprendente sentido negativo.
Nota:
1. No confundir con uso adverbial de perdidamente, que este caso quiere decir con abandono o sin mesura, antes atento a la manera en la que se hace que al grado al que se refiere, y al que no hay que adscribir una valoración negativa..
Trato de entender el Pasado con el sorprendente fin de entender el Pasado. Sería una completa estupidez querer descifrar el Presente con las claves que funcionaron hace tiempo. Como si la misma llave valiese para abrir todas las puertas.
Yo, que juré un día no saber vivir sin la persona que amaba, ahora que habito en un mundo en el que ella ya no está, vivo y sigo viviendo. Como si yo tuviese vidas de recambio o quizás muertes de sobra, o como si pudiese prometer hasta el infinito con la secreta intención de no cumplir jamás lo prometido. Hacer tal promesa —para mí mismo, con cierto fervor, con completo convencimiento—fue obsceno (o ingenuo) e incumplirla escandaloso: roza la tahuría insoportable, inadmisible, imperdonable. Dije Sin ti mi vida no tiene sentido o Sin ti, me moriría. Creí ciertamente que sin ella, la vida no sería digna de ser vivida: pero no he muerto y sigo viviendo sin pudor, sigo viviendo una prórroga inmerecida e injusta, una coda de la vida, un sucedáneo de la vida que se extiende a través de las llanuras de la infamia. Le soy traidor, hago traición a su ausencia. Es ahora cuando descubro que hacía trampa, que estaba mintiendo descaradamente, mintiendo como un griego o un cretense, mintiendo como si me fuese la vida en ello (cuando en realidad, me iba la vida en no mentir). Soy cicatero con mis juramentos, mal cumplidor de mi propia y vocacional promesa, perjuro de mí mismo. Soy mi peor y más verdadero apóstata. Seguir respirando es la prueba de mi traición flagrante, recurrente, cotidiana, repetida una y mil veces, a cada minuto sigo traicionando y volviendo a traicionar. Vivo, sigo viviendo como si no hubiese pasado nada. Como si no se hubiese dicho nada.