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La Coctelera

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3 Septiembre 2011

Firmas

Firma Cervantes

Firma Shakespeare

Einstein

Es asombroso el particular ejercitamiento que sufrimos para aprender a hacer una firma. Qué cantidad de tiempo perdido en una acción tan reprobable. Horas y horas de prácticas, escribiendo una y otra vez nuestro propio nombre, bien completo, bien con iniciales, bien sólo el apellido, bien -esto es propio de las firmas menos serias o más juveniles- empleando el nombre de pila, bien con una combinación babélica de las anteriores. Adornamos -somos adoctrinados en el adorno- con las mil maneras de la rúbrica: líneas que se entrelazan o que parten rectas como flechas, o que serpentean bajo la línea de escritura, la cortan, zigzaguean sobre la caja, se asientan en los laterales, o que giran en torno a sí mismas en un loco movimiento a ninguna parte. También, cómo no, se emplean los signos, más o menos mistéricos, que la acompañan en ocasiones: las cruces, las estrellas de cinco puntas (o de cuatro, o de seis) las coronas, los círculos, los asteriscos, los cuadradillos. El particular ductus, que puede ser registrado, escrutado, estudiado, comparado, autentificado. Toda una serie de elementos gráficos que se orientan a tratar de hacer de la firma una marca personal, un sello característico y único (sin apercibirse quien la traza que está atrapado en un repertorio escaso, mil veces repetido).

No es inocente: Ésta es una enseñanza que recibimos en la infancia. Como en los cilindros-sello de Uruk, aprendemos a grabar en nuestros libros y cuadernos para dar fe de que son nuestra pequeña e inicial propiedad. El libro es de Pedrito (o de María), y no de ningún otro. El cuadernito de ejercicios lleva (a veces muchas veces) la firma que nos han dicho que tenemos que hacer y cómo tenemos que hacer. Nos instigan a aprender a firmar para poseer, y éste es su primer uso, maligno y capitalista. Lo mío, lo que ha de distinguirse del resto de las cosas. En esto somos ejercitados.

Pero si no fuese suficientemente maligno que el ejercicio de la firma tenga como objetivo el crear un marchamo personal que pueda certificar la propiedad privada, incluso sirve para dar testimonio de nuestra conformidad (¡El nombre personal como una muestra de asentimiento!), en un retorcimiento lingüístico que encuentra pocos parangones. Cuando nos preguntan si estamos de acuerdo con algo, respondemos con una afirmación, con una negación, con las decenas de matices de la atenuación, de la duda o de la condicionalidad: jamás con nuestro propio nombre... excepto en el caso de los documentos firmados. Yo, o el nombre de Yo, o mejor, la personal manera de la escritura de nuestro nombre propio se transforma de pronto en , en de acuerdo, en me parece bien, en estoy dispuesto, en estoy de acuerdo. La elipsis brutal que se ejerce difumina su sentido. ¿Qué manera hay de entender que una firma en realidad quiere decir que la persona que es autora de la firma y que escribe su propio nombre con una serie de garabatos accede a algo...? ¿Cómo se entiende semejante mensaje mistérico...? ¿En qué cabeza cabe semejante cadena de sobreentendidos...? ¿De qué manera explicarlo, por ejemplo, a una persona desconocedora de nuestra cultura e inmersa en una sociedad ágrafa...?

Tenemos que padecer un último mal, además de su vinculación con la propiedad privada y con la validación de acuerdos: que se constituya como una eficacísima práctica de la formación del yo, del proceso de individuación, de la construcción de una cansina autoafirmación. La marca de yo tiende poderosamente a construir nuestra presencia en el mundo. Somos tanto (o tantas veces) como firmamos, en una tediosa y obsesiva manera de ser. Ya que tenemos firma, ya que somos seres intelectivamente válidos como para crear y repetir miles de veces nuestro propio nombre rubricado y que pensamos que eso está íntimamente relacionado con el yo que somos, podemos reafirmarnos una y mil veces en lo que somos, como malos entendedores de Spinoza. Gritamos a los demás, a lo demás, muy posiblemente de manera innecesaria, que somos, que estamos, que no somos uno de tantos, sino uno concreto, irrepetible, original. Todo ello, porque tenemos firma. De ahí, las centenares, miles de veces que vemos en los cuadernos de los adolescentes (alfabetizados, escolarizados) su nombre escrito (firmado) en las páginas traseras (Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda. O Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo) en un tartamudeo intelectual sin final. Tantas horas sumidos en la terrible evidencia de que somos, como para colmo tener que repetírnoslo secretamente (o en público; darle importancia al ámbito es trivial) tan desorbitado número de veces.

Es desolador tener que vivir en el monótono cacareo del Yo. Ya, de por sí, molesta el narcisismo necio de estar pensando tanto tiempo en uno mismo, teniendo como tenemos los ojos apuntando hacia afuera, hacia el mundo, hacia los demás (que ofrecen tantas cosas que ver) y no hacia nosotros mismos. Aún así tratamos desesperadamente de dejar nuestra firma en el mundo para disfrutar del (ahora) muy confesable placer de constatar nuestra presencia. Algo tan innecesario como cretino.

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15 Julio 2011

Placar y aplacar

No a todo el mundo parece quedarle claro la gran diferencia que hay entre placar y aplacar. Para los redactores de la cuarta edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, editado en 1803, placar y aplacar venía a ser la misma cosa, con la salvedad de que la primera de las voces estaba en desuso ya por aquellos días. Ambas provienen del verbo latino placāre, que vale por suavizar o atemperar y que es el significado que se adopta en español. Sin embargo, la forma triunfante en castellano no ha sido la más cercana al latín, sino aquella a la que se le ha unido una particula a- de dirección. Aplacar es, para nosotros, amansar, mitigar o calmar los ánimos soliviantados de alguien.

No es hasta tiempos muy modernos cuando se recoge en los diccionarios de la RAE (en concreto, en la edición de 1985) una segunda acepción del verbo placar, o mejor dicho, otro verbo que tiene exactamente la misma forma. Esta voz, homófona y homógrafa de la anterior, proviene de una fuente totalmente distinta y, por tanto, su significado nada tiene que ver con la precedente: es una importación, un galicismo a partir del verbo francés plaquer que en la terminología del rugby designa aquella acción que consiste en sujetar a un jugador del equipo contrario o aún derribarlo para que no prosiga su avance. En la actualidad, es la acepción de uso mayoritario en los hablantes de lengua castellana y que ha saltado desde el campo especializado del deporte a los sucesos más elementales (por desgracia) de la vida cotidiana. Placar, para un hablante de castellano, ya no es solo sujetar con las manos a un jugador de rugby, sino que pasa a designar cualquier acción de derribo a otra persona de manera ostentosamente física y violenta.

Estando así las cosas, se entenderá que el usar en un texto un verbo u otro puede variar de manera evidente el mensaje que se pretenda enviar. Vean si no cómo cambia un texto según se emplee el verbo placar y aplacar. Obtengo esta imagen de el diario El País, a la que acompañaba el siguiente pie de foto:

Un policía intenta aplacar a un joven durante las protestas estudiantiles contra la nueva ley de educación propuesta por el Gobierno de Sebastián Piñera, cerca de la plaza de La Moneda, en Santiago de Chile.

Chile. Protestas frente al Palacio de la Moneda por la reforma de la Ley de Educación. Julio de 2011

No sé cómo lo verá aquel que me lea, pero al primero que veo con un ánimo que bien merecería ser atemperado o aplacado es al carabinero; esto es, al que le hace un placaje en toda regla al ciudadano que intenta evitarlo.

A estas alturas, ya dudo de si es una errata, un uso impropio del verbo aplacar o bien una particular percepción de las situaciones que es cada vez más preocupante. Cada vez que la gente se levanta (porque no nos dejan ni respirar, porque no hay canales establecidos más que la protesta en la calle para contactar con unos grupos de poder aislados, encastillados), los medios de comunicación establecidos tienen que tildar su comportamiento de barbárico, de violento, de peligrosísimo, cuando lo único que hacen es ser depositarios de los porrazos (en el mejor de los casos) o de las balas (y no es el peor de los casos). Será como aquello que me contaron hace unos días sobre los furibundos monjes tibetanos que, enloquecidos de odio y de rabia, se lanzaron contra los pobres soldados chinos (quienes supongo que se tendrían que refugiar en sus tanques y abrir fuego con una inocente salva de disparos para evitar ser masacrados por los rosarios de los monjes).

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14 Mayo 2011

Perdido

Amadís de Gaula

En castellano, el adjetivo perdido, aparte de significar extraviado o sin rumbo aparente, tiene también un valor de cualificación suprema o de refuerzo absoluto. La vigesimosegunda edición del diccionario de la RAE apunta que ha de emplearse

unido a ciertos adjetivos, para aumentar y reforzar el sentido de estos.

y da los ejemplos:

Tonto perdido. Histérica perdida. Enamorado perdido.

No se pronuncia la Academia acerca del valor que tienen los sustantivos a los que acompaña, aunque los ejemplos que brinda son claros: Tonto o histérica son adjetivos sustantivados palmariamente negativos, y cuando decimos de alguien que está enamorado perdido, parecemos estar señalando que está en las más bobas (y para los demás, risibles) mieles del amor1. De esta manera, uniendo lo censurable con la amplificación tonto perdido, histérica perdida o borracho perdido valen respectivamente por totalmente tonto, histérica sin remisión o borracho a más no poder.

Insisto en que el uso parece ser siempre magnificar lo que ya es previamente malo, y que no parece propio de nuestra lengua, tan salvaje y mordaz como aquellos que la hablan, el empleo del perdido en algo que tenga cualidades positivas: no se puede decir que alguien es bello perdido, o inteligente perdido. Al menos, en nuestro siglo. Pero encuentro en un texto del XV un caso que me hace dudar. En el famoso Amadís de Gaula podemos leer:

La otra hija, que Elisena fue llamada, en gran cantidad mucho más hermosa que la primera fue; y comoquiera que de muy grandes príncipes en casamiento demandada fuese, nunca con ninguna de ellos casar le plugo, antes su retraimiento y santa vida dieron causa a que todos beata perdida la llamasen, considerando que persona de tan gran guisa, dotada de tanta hermosura, de tantos grandes por matrimonio demandada, no le era conveniente tal estilo de vida tomar.

En el texto latinizante de Garci Rodríguez de Montalbo, es complicado establecer qué es lo que está ocurriendo. Está claro, por un lado, que tanto hermosura como castidad y retraimiento (de las cosas de este mundo) eran cualidades altamente apreciadas y propias de las grandes damas de la idealizada literatura caballeresca. Del mismo modo, los hablantes del particular castellano (o castellanos) del siglo XV no le daban el mismo sentido a la palabra beato que nosotros. En este amargo siglo XXI, beato bien es la persona que está siguiendo los procesos y trámites de canonización (algo así como quien habita la antesala de la santidad), o bien es aquella que cumple de manera exagerada los procesos cultuales de la religión cristiana (aquella que no sacan de misa ni a tiros). En una escritura tan vocacionalmente cercana al latín como la que emplea Rodríguez de Montalbo, beato conserva el sentido latino de feliz, alegre, contento, con el matiz de que lo es aquella persona que, apartándose de las pompas de este mundo, que sólo crean insatisfacciones, vive su vida con recogimiento y satisfacción en el sentido que promocionaba Tomás de Kempis.

Examinado hasta aquí, podríamos pensar en un uso del castellano para la palabra perdido que no es necesariamente el del aumento y refuerzo de una cualidad negativa. Que, merced a la hibridación con el latín, se ha creado un uso bastardo del adjetivo perdido y que, finalmente, algo puede ser bueno en grado máximo al ir acompañado de esta voz. Sin embargo, ay, hay un matiz final en el que las cosas terminan por imponerse y deslizarse a la verdadera naturaleza del castellano: si era una dama de tal guisa (es decir, de condición noble e incluso real), si atesoraba tal hermosura y tan grandes hombres (de nuevo, en el sentido de clase) la pretendían, no le era conveniente tal estilo de vida tomar: es decir, que las obligaciones de clase se imponen y que lo que podría ser celebrado en una dama perteneciente a un estrato más bajo, en la princesa Elisena (o Helisena, hay variaciones textuales) no era admisible, con lo que el valor positivo del beata termina por torcerse y por alcanzar un sorprendente sentido negativo.

Nota:

1. No confundir con uso adverbial de perdidamente, que este caso quiere decir con abandono o sin mesura, antes atento a la manera en la que se hace que al grado al que se refiere, y al que no hay que adscribir una valoración negativa..

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4 Abril 2011

Artyomov: Himno de Guria, para tres violines solistas, cuerdas y percusiones

Tags: artyomov, guria

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2 Abril 2011

Jacquet de la Guerre: Sonata I en Re menor para violín y bajo continuo

Elisabeth-Claude Jacquet de la Guerre (1665-1729):

Sonata I en Re menor para violín y bajo continuo:
I. [Adagio]
II. Presto
III. Adagio - Presto - Adagio
IV. Presto

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28 Marzo 2011

Entender el Pasado

Trato de entender el Pasado con el sorprendente fin de entender el Pasado. Sería una completa estupidez querer descifrar el Presente con las claves que funcionaron hace tiempo. Como si la misma llave valiese para abrir todas las puertas.

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27 Marzo 2011

Traición

Tumbas

Yo, que juré un día no saber vivir sin la persona que amaba, ahora que habito en un mundo en el que ella ya no está, vivo y sigo viviendo. Como si yo tuviese vidas de recambio o quizás muertes de sobra, o como si pudiese prometer hasta el infinito con la secreta intención de no cumplir jamás lo prometido. Hacer tal promesa —para mí mismo, con cierto fervor, con completo convencimiento—fue obsceno (o ingenuo) e incumplirla escandaloso: roza la tahuría insoportable, inadmisible, imperdonable. Dije Sin ti mi vida no tiene sentido o Sin ti, me moriría. Creí ciertamente que sin ella, la vida no sería digna de ser vivida: pero no he muerto y sigo viviendo sin pudor, sigo viviendo una prórroga inmerecida e injusta, una coda de la vida, un sucedáneo de la vida que se extiende a través de las llanuras de la infamia. Le soy traidor, hago traición a su ausencia. Es ahora cuando descubro que hacía trampa, que estaba mintiendo descaradamente, mintiendo como un griego o un cretense, mintiendo como si me fuese la vida en ello (cuando en realidad, me iba la vida en no mentir). Soy cicatero con mis juramentos, mal cumplidor de mi propia y vocacional promesa, perjuro de mí mismo. Soy mi peor y más verdadero apóstata. Seguir respirando es la prueba de mi traición flagrante, recurrente, cotidiana, repetida una y mil veces, a cada minuto sigo traicionando y volviendo a traicionar. Vivo, sigo viviendo como si no hubiese pasado nada. Como si no se hubiese dicho nada.

Tags: traicion

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23 Marzo 2011

Nuclear (VI): Las confesiones de un catedrático de Física atómica

Manuel Lozano Leyva

Menos mal que los profesores saltan a la palestra para ilustrarnos a nosotros, tontos, subnormales y payasos antinucleares, catastrofistas y naúfragos en los procelosos mares del delirio. No todo iba a ser consultas a páginas y articularia de marcado carácter antinuclear. ¿Qué creían? ¿Que no íbamos a leer con atención la apaciguadora voz de los contrarios, de los adalides del plutonio y el torio, de los amantes de los reactores y la fisión, los moderadores nucleares y los isótopos de uranio? Pues nada de eso. Aquí estamos dispuestos hasta a escuchar los aleluyas que emitan estos señores que, dicho sea de paso, están enrabietados con que se les haya fastidiado el juguetito nuclear por culpa de un tsunami impredecible e inesperado. Los japoneses, coreanos, chinos, estadounidenses o quien fuere que vayan a cascar por estos incidentes parecen traerles sin cuidado (bueno, un poco de cuidado ponen cuando son estadounidenses, no difamemos), con tal de que no dejar de emitir el analgésico mensaje de siempre: la energía nuclear es buena, barata, segura y da de comer a muchos. Y quien negue este dogma de Fe, al Infierno de cabeza: por rojo y por estar en contra del Progreso de los millones de las compañías eléctricas (amén de por payasos, tontos y subnormales).

La misma idea ha debido de tener el diario Público al dar cabida en sus tertulias cibernéticas a Don Manuel Lozano Leyva, catedrático del departamento de Física Atómica, Molecular y Nuclear de la Universidad de Sevilla, quien en un estilo ameno y agradable de leer, ha tenido a bien de ilustrarnos e iluminar el oscuro camino por el que transitábamos. Ante la pregunta de los innegables riesgos que los reactores de energía nuclear pueden tener en situaciones críticas, nos aclara lo siguiente:

La historia ha demostrado, incluidos Chernóbil, que la energía nuclear ha producido infinitamente menos víctimas (Fukushima puede que ninguna) e incluso simple afectados que el carbón, el gas y el petróleo. Incluso las hidroeléctricas han producido muchísimos más muertos, por ejemplo, cuando se destruyó la presa de Ribadelago en 1959 murieron 147 personas; en la explosión de Chernóbil, 57. Los afectados posteriores tampoco alcazaron los números que cuentan las leyendas (teclee en Google OMS Chernóbil, porque quedará sorprendido).

Por fortuna, como somos buenos escolares, atentos con nuestros profesores, no vamos a decirle nada acerca de las supuestas demostraciones de la Historia a quien no parece estar muy ducho en ella, absorto como está en las contemplaciones de neutrinos y elementos de similar jaez. Somos, repito, buenos chicos, en absoluto alarmistas ni conspi-paranoicos, y hacemos caso a las recomendaciones de quienes saben más que nosotros, por lo que nos vamos a ir a la página de la OMS a ver lo que nos dicen.

Notamos, para empezar, vemos que la hermosa cifra que el profesor Lozano Leyva nos ofrece no coincide con la del informe, que dice claramente que

A mediados del año 2005, sin embargo, no llegan a 50 las defunciones atribuidas directamente a la radiación liberada por el desastre; casi todas esas muertes fueron de trabajadores de servicios de emergencia que sufrieron una exposición intensa y fallecieron a los pocos meses del accidente, pero otras se produjeron más tarde, algunas incluso en 2004.

Visto así y pese al pequeño desliz en la cifra, nuestro profesor podría tranquilamente ponerse los pulgares en los tirantes y estirarlos ufanamente, pues se habría cumplido su quod erat demonstrandum, esto es: que la energía nuclear es muy limpia y menos arriesgada que otro tipo de producciones de energía (por ejemplo, la petrolífera). Dejando de lado la minúscula cuestión de que aún no nos transformado de repente en los adalides de las petroleras o de formas de producción de energía contaminantes y peligrosas, vamos a hacer dos cosas que me parecen metodológicamente procedentes:

Primero, para centrarnos en el asunto de Chernobil, vamos a seguir leyendo el artículo, a ver qué más datos nos ofrecen, porque, sospechamos, las muertes de la catástrofe de Ribadelago fueron directas, y las de Chernobil tienen la particularidad de prolongarse en el tiempo o no ser totalmente detectables (si es que se usan ciertos métodos para computarlas). Vamos a ello.

En las conclusiones del informe, vemos que en el primer apartado se dice lo siguiente:

Aproximadamente 1 000 personas, entre los empleados del reactor que se encontraban en el emplazamiento y los trabajadores de servicios de emergencia, sufrieron una exposición intensa a altos niveles de radiación el primer día del accidente; de los más de 200 000 trabajadores de servicios de emergencia y de operaciones de recuperación que estuvieron expuestos a la radiación durante el período 1986-1987, se estima que unos 2.200 morirán por una causa relacionada con esa exposición

.

Vaya. 2. 200 personas que van a morir por la exposición radiactiva. Y no se refiere a 2.200 personas del total de la población afectada, sino a una parte, realmente pequeña si se compara con el conjunto de la población del área afectada, que fue la que hizo los trabajos de emergencia y de operaciones de recuperación, estimada en 200.000 personas. Es decir, algo más de una de cada 100. Que ya es. Pero sigamos.

Según las estimaciones, cinco millones de personas viven actualmente en zonas de Belarús, Rusia y Ucrania que están contaminadas con radionucleidos debido al accidente.

Parece claro que vivir en una zona que contiene altos niveles de radiación (el informe emplea una palabra bastante clara: contaminada) no es exactamente lo mismo que hacerlo en una que fue asolada y anegada en el pasado. Ni creo tampoco que el profesor Lozano Leyva quiera decirnos que vivir en un lugar así sea exactamente igual de saludable que hacerlo en uno no contaminado. Por otra parte, quede claro que no quiero minimizar los daños causados por semejante desastre, fruto de las deficiencias en la construcción de la presa y que provocó 144 víctimas mortales (y no 147, como cita nuestro profesor). En cualquier modo, parece que 52 años más tarde, los niños de la zona no tienen estos problemas que el informe de la OMS concluye a continuación:

La contaminación provocada por el accidente ha causado alrededor de 4.000 casos de cáncer de tiroides, principalmente en personas que eran niños o adolescentes en el momento del accidente, y al menos nueve niños han muerto de cáncer de tiroides; con todo, la tasa de supervivencia entre las víctimas del cáncer, a juzgar por la experiencia en Belarús, ha sido de casi el 99%.

Parece que, tal y como está redactado el texto, los 4.000 casos de cáncer de tiroides son aquellos en los que se ha podido constatar (y esta es una constatación compleja) que vienen originados por la contaminación radiactiva. Quizás, se presume, haya habido más casos de cáncer de tiroides en los que no se haya comprobado una relación directa con la radiactividad (digamos, por estar en zonas más alejadas o menos contaminadas). En cualquier modo, 4.000 parece un número lo suficientemente alarmante, aún incluso cuando su tasa de mortalidad haya sido algo superior al 1%. Queda sin explicar los daños que han sufrido los supervivientes del cáncer de tiroides, en qué estado han quedado estando vivos, etc.

Concluye el resumen del informe que

Aún no se ha definido un plan completo para deshacerse, respetando las normas de seguridad vigentes, de las toneladas de desechos radiactivos de actividad alta que se encuentran dentro y alrededor del emplazamiento de la central nuclear de Chernóbil.

... con lo que seguimos teniendo un problema sostenido, con elementos radiactivos que continuarán siéndolo durante miles de años hasta que descienda el nivel de sus emisiones. Cosa que no es ni comparable con el derrumbe de la presa de la Vega del Tera (esto es, la de la catástrofe de Ribadelago).

Pese a que empleamos la palabra catástrofe para hablar de lo ocurrido en Ribadelago que, insisto, provocó 144 muertos, parece que es de subnormales o de payasos hablar de apocalipsis con algo que, posiblemente, causará tantos o más muertos que Chernobil. Pero a lo peor esta es una afirmación demasiado aventurada para nuestro profesor.

En fin, y para acabar con esta primera parte, hacemos repaso: ha habido, según el resumen de un informe poco dado al alarmismo, unos 2250 muertos, 4.000 afectados de cáncer de tiroides, y 5.000.000 seres humanos viviendo en áreas contaminadas que siguen y seguirán siéndolo durante milenios. Pues vale. Entendido. Leídos los números, una vez tecleada la cadena propuesta por el profesor Lozano Leyva, tenemos forzosamente que concluir que es cierto: no alcanzan números legendarios y la energía nuclear es una bendición para la humanidad. Salvo para los que resultan afectados.

Vistos estos datos tan clarificadores, tenemos que entrar en la segunda de las cuestiones metodológicas que queríamos resolver, y que ha sido señalada ya por al menos uno de los comentaristas de la página del diario Público (en el comentario número 11). Nota nuestro comentarista, muy acertadamente, que el profesor Lozano Leyva incurre en una falacia del discurso, sin distinguir entre el peligro potencial y latente y el hecho fáctico. Así, se queda tan tranquilo diciendo que las hidroeléctricas han producido más muertos que las energías nucleares. La respuesta del comentarista, empleando el mismo argumento formal, muestra lo absurdo de la afirmación:

Menuda falacia. También las bombas nucleares han matado a menos gente en la historia de la humanidad que las espadas, así que prohibamos la fabricación de armas blancas y potenciemos la de bombas atómicas.

Tras semejante coloquio, tan acertado y lleno de mesura, me va quedando más y más claras las cosas. Así, a partir de ahora, me bañaré en las templadas termas de Vandellòs y disfrutaré de las praderas de Chernobil, por no decir de las costas (ajenas a ningún tipo de peligro) de Fukushima, y dejaré de hacer caso a esos engañabobos que me tenían el seso tan sorbido. Eso sí: a alejarme lo más que pueda de salto eléctrico alguno (a ver si se va a fastidiar la cosa y terminamos en el agua como atacados por anguilas), y ni acercarme a los peligrosísimos molinos eólicos, que son capaces de liarme la del Quijote. Qué descansado se queda uno, oye...

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