En esta última acepción, pues, es la desesperación la enfermedad mortal. Ese tormento contradictorio, esa enfermedad del yo, que consiste en estar muriendo eternamente, muriendo y no muriendo, muriendo la muerte. Pues morir significa que todo ha terminado, pero morir la muerte significa que se muere el propio morir; basta que se viva la muerte un solo momento para que la viva eternamente. Para que el hombre muriera de desesperación, como muere de otra enfermedad cualquiera, sería necesario que lo eterno en él —el yo— pudiese morir en el mismo sentido que el cuerpo muere a causa de la enfermedad. Pero esto es imposible. El morir de la desesperación se transmuta constantemente en una vida. El desesperado no puede morir. «Así como el puñal no puede matar el pensamiento», así tampoco la desesperación, gusano inmortal y fuego inextinguible, puede devorar lo eterno —el yo— que es el fundamento en la que aquélla radica. No obstante, la desesperación es precisamente una autodestrucción, pero impotente, incapaz de conseguir lo que ella quiere. Porque esta consunción lo que quiere es devorarse a sí misma, pero no lo consigue, y esta impotencia es una nueva forma de íntima consunción, en la cual, sin embargo, la deseperación vuelve otra vez a sentirse incapaz de conseguir lo que busca: su propia extinción. Se trata de una especial potenciación, o de la ley de la potenciación correspondiente. Tal es la fogosidad propia de la desesperación, o su incendio frío; como una carcoma característica, seimpre en movimiento hacia adentro, hundiéndose más y más en la íntima consunción desapoderada e impotente. Y no es ningún consuelo para el desesperado, ni mucho menos, que la desesperación no lo devore por completo; este consuelo es cabalmente su suplicio, y lo que mantiene la carcoma en vida y a la vida en la carcoma. Porque aunque no desesperado precisamente en este aspecto, desespera con todo de que no pueda devorarse a sí mismo, de que no pueda deshacerse de sí mismo y quedar reducido a la nada. Ésta es la fórmula de la especial potenciación de la desesperación, la continua subida de la fiebre en esta enfermedad del yo.
Viendo ayer los restaurantes atestados, los teatros de musical con los carteles de sold out colgando de las ventanillas de taquilla, las tiendas de ropa funcionando como factorías de trapos y consumidores, los paseos a lo largo de la Gran Vía —donde los burgueses transforman en invisibles a los más pobres de los pobres— no pude sino alegrarme por aquellas personas que aún, que todavía no tienen pareja. Benditos sean.
En los últimos decenios de su vida, Dufay parecía haber conseguido, por lo menos para él, esa paz que había varias veces invocado y anhelado para una Europa convulsionada por las guerras. Alrededor de 1460, acaso sintiendo su muerte próxima, escribió, para él, Ave regina celorum, un motete-antífona cuyo texto litúrgico alterna con los versos del tropo Misesere tui labentis, Dufay. En su testamento, Dufay pidió que, tras la extremaunción, los pueri y los cantores de la Catedral de Cambray cantasen esta antífona en su lecho de muerte. Esta composición, verdadera suma de su arte polifónico, no sólo aparece como un edificio totalmente «renacentista» —contiene todos los elementos estilísticos que volveremos a encontrar en Ockeghem y en Josquin—, sino que alcanza un nivel de expresividad emotiva que anuncia, con más de un siglo de anticipación, la espressione degli affetti monteverdiana. El asombroso dramatismo al inicio del tropo Misesere tui labentis, Dufay y, todavía más, la afanosa persecución de las voces en el pasaje «in mortis hora» nos hace sentir con toda su fuerza, a través de los siglos, el miedo y la angustia del compositor pensando en el momento de su propia muerte.
Pero Dufay vivió todavía durante largos años, y encontró tiempo para desarrollar ulteriormente los temas de este extraordinario motete en su grandiosa última misa, llamada precisamente Missa Ave regina celorum. En la misa, Dufay volvió a utilizar enteramente el material temático de la antífona, incluído en el tropo; aunque el texto litúrgico tome el sitio de la invocación de Dufay, el eco de esta invocación queda intacto en la frase musical. La Missa Ave regina celorum fue cantada durante la ceremonia de dedicación de la Catedral de Cambrai en 1472. Dos años más tarde, concluía la existencia terrenal de Guillaume Dufay.
Los versos de un internacionalista, publicados en la revista Nicaráhuac:
Kennedy traía la paz al mundo
y abría las puertas a un mundo
mejor. Un mundo de paz,
Donde el hambre no va a existir,
Donde la guerra no va a existir,
Donde el racismo no va a existir,
En el feliz mundo
de los Estados Unidos de América.
Kennedy crea los Green Berets,
Seiscientos ochenta y cinco hombres
asesinos
Que luchan en las selva con las tropas
sangrientas del títere Dinh Diem.
Y no contento con eso, autoriza
Que lleguen más y más tropas hasta
Que en el último año, en Vietnam
hay más de dieciseis mil
asesinos
De los Estados Unidos de América.
Aún hay más.
Porque la jungla y el arrozal del Mekong Delta
oculta al Vietcong
asesino
Y los muchachos de los Estados
asesinos
Unidos de América
Se ven incapaces de asesinarlos.
Se autoriza el uso del napalm para
«luchar contra la insurrección,
destruyendo su base económica y
alterando el tejido social en la zona
en la que ellos eran más fuertes».
Y se deforesta la «zona abierta»
de plantas y de hombres
y de mujeres y de niños
y de ancianos trabajadores
y de aves y de roedores
y de todo lo que esté vivo,
Para retirarse a tiempo
Y ceder el testigo de la guerra
Al gobierno de Vietnam del Sur.
«Odiadores de vida», dice el poeta.
Y en Nicaragua, Somoza sostenido
Por la CIA. Y en El Salvador,
Julio Adalberto Rivera vence en las elecciones
En las que era el único candidato,
Siempre con el permiso de
los Estados Unidos de América
y la CIA. E Ydígoras Fuentes cede
Su territorio para que sean entrenados
y embarcados los anticastristas
Hacia Playa Girón.
Villeda Morales, hombre de manos limpias
Bloquea Cuba por mandato de
Kennedy y los hombres de Kennedy
(Para que pase hambre todo aquel
Que se oponga al Imperio).
Kennedy trae la paz
De los cementerios
Para el que no viva
en los Estados Unidos de América.
Por lo general, Rousseau suele provocar reacciones extremas. Pese a que me disgusta su tono plañidero y me asombro con su insaciable capacidad para ver conjuras contra él donde no había nada, con su desatada manía persecutoria (me explico: no perseguía a nadie; pensaba que le perseguían todos), y no sufro facilmente cuando adopta el tono iluminado de la santurronería naturalista, sin embargo, leo sus libros (menos las Confesiones y las Ensoñaciones del Paseante Solitario) con bastante agrado. Una cosa es el hombre, y otra el autor. Confieso que en esto de que a uno le pongan entre la espada de Beatles o la pared de los Rolling y toda esa serie de elecciones forzadas, en la habitual entre Rousseau y Voltaire suelo quedarme con el último. Me encanta su sarcasmo, su ironía, y lo afilado de su pluma (Voltaire es un escritor excepcionalmente dotado para la sátira). Y sin embargo, en el pasaje que vengo a ofrecer hoy, Voltaire fue tan agudo que llegó a cortar a sus lectores, y es Rousseau quien termina por provocarme un sentimiento de compasión. Pero pasemos a narrar el incidente al que me refiero:
En la segunda promenade (ensoñación) de sus Ensoñaciones del Paseante Solitario, el anciano Rousseau nos narra que en octubre de 1776 (es decir, que sumaba 64 años), tras haber comido, sale por los bulevares hasta la cuesta del Ménilmontant, (1) entreteniéndose en el descubrimiento y reconocimiento de las especies botánicas.
Era otoño, y el buen ginebrino nota que las gentes de la ciudad habían abandonado esos parajes, quedando éstos solitarios tras el término de la vendimia (2). El efecto hace mella de inmediato en el peculiar carácter del filósofo, tan proclive a la melancolía y la lamentación, dando como resultado el comienzo de una reflexión que versaba sobre hasta qué punto tales soledades no eran acordes con esa etapa de su vida, para él desdichada, solitaria, y acechada por la vejez y las conspiraciones que (tan fértilmente imaginadas) se urdían en su derredor (3).
Tan embebido estaba el pobrecico en estas tristes reflexiones, cuando a las seis de la tarde, en la pendiente de Ménilmontant, regresando a casa, siente que se apartan las personas que caminan ante él (nótese lo peculiar de esta soledad roussoniana), quedándole frente a un enorme gran danés lanzado a la carrera delante de una carroza. ¿Qué hacer? El pobre Rousseau es anciano, y no ha reaccionado a tiempo. Ignoro el tamaño que estos canes podrían tener en el XVIII; ahora pesan cerca de 60 kilos, e incluso he visto algunos más pesados. Así que se le ocurre la peregrina idea de ¡saltar para que el perro pasase por debajo de él mientras estaba en el aire! (4)
Imaginad el porrazo tan tremendo que tuvo que darse; parece que salió despedido tan lejos, con los pies arriba y la cabeza abajo, que incluso la cochero, que conduciría a una velocidad de espanto, tuvo tiempo para frenar a tiempo y no pasarle al ginebrino por encima. Rousseau se golpeó la cabeza, y quedó tendido sin conocimiento un tiempo indeterminado (él reconoce que cuando se despertó, era casi de noche (5)). Aturdido, tarda largos minutos en recordar quién es, dónde vive, y qué hace en ese lugar. Maltrecho como estaba, prefiere caminar a morir de frío en un simón (un carruaje de pasajeros), lo que nos da idea de que Rousseau comenzaba a ser él mismo, expuesto siempre a su exagerada hipocondria y a su proverbial tacañería (6).
El caso es que se restableció lentamente de las magulladuras (aparte de la pérdida momentánea de conocimiento, no tenía nada importante), pero se vio expuesto a los efectos del rumor. En París, cuando llega la noticia, lo hace desfigurada y da la versión de que el escritor ha muerto a consecuencia del incidente. Mientras el filósofo se retuerce de rabia en su casa, sospechando que los editores saquearán sus escritos sin publicar sólo para imputarle obras espurias, y que esa acción tendra como objeto manchar su buen nombre (Rousseau era ciego para ver que lo único con lo que querían mancharse estos señores era con dinero), tenemos noticia de que el corresponsal del Courrier d'Avignon publica esta dura necrológica en la edición del 20 de Diciembre del mismo año:
«M. Jean-Jacques Rousseau ha muerto a consecuencia de su caída. Vivió pobre, ha muerto miserablemente; y la singularidad de su destino le ha acompañado hasta la tumba. Lamentamos no poder hablar de los talentos de este escritor elocuente; nuestros lectores deben sentir que el abuso que de ellos hizo nos impone aquí el más riguroso silencio. Hay motivos pata creer que el público no será privado de su vida y que se encontrará hasta el nombre del perro que le ha matado ».
Más duro se muestra Voltaire, aun es cierto que en privado. En una carta fechada enviada a Florian y fechada el 26 de Diciembre de 1776, se hace eco de una variante de la noticia:
«Jean-Jacques ha hecho muy bien en morir. Se dice que no es cierto que sea un perro el que lo mató; curó de las heridas que su camarada el perro le había hecho; pero se dice que el 12 de diciembre se le ocurrió celebrar la Escalada [fiesta ginebrina] en París con un viejo ginebrino llamado Romilly; comió como un diablo y al darle una indigestión, murió como un perro. Qué poca cosa es un filósofo.»
Pues eso: qué poca cosa es un filósofo.
Notas:
1. Le jeudi 24 octobre 1776, je suivis après dîner les boulevards jusqu'à la rue du Chemin-Vert par laquelle je gagnai les hauteurs de Ménilmontant
2. Depuis quelques jours on avait achevé la vendange; les promeneurs de la ville s'étaient déjà retirés; les paysans aussi quittaient les champs jusqu'aux travaux d'hiver.
3. Il résultait de son aspect un mélange d'impression douce et triste trop analogue à mon âge et à mon sort pour que je ne m'en fisse pas l'application. Je me voyais au déclin d'une vie innocente et infortunée, l'âme encore pleine de sentiments vivaces et l'esprit encore orné de quelques fleurs, mais déjà flétries par la tristesse et desséchées par les ennuis. Seul et délaissé, je sentais venir le froid des premières glaces, et mon imagination tarissante ne peuplait plus ma solitude d'êtres formés selon mon coeur. Je me disais en soupirant: qu'ai-je fait ici-bas? J'étais fait pour vivre, et je meurs sans avoir vécu. Au moins ce n'a pas été ma faute, et je porterai à l'auteur de mon être, sinon l'offrande des bonnes oeuvres qu'on ne m'a pas laissé faire, du moins un tribut de bonnes intentions frustrées, de sentiments sains mais rendus sans effet, et d'une patience à l'épreuve des mépris des hommes.
4. Des personnes qui marchaient devant moi s'étant tout à coup brusquement écartées je vis fondre sur moi un gros chien danois qui, s'élançant à toutes jambes devant un carrosse, n'eut pas même le temps de retenir sa course ou de se détourner quand il m'aperçut. Je jugeai que le seul moyen que j'avais d'éviter d'être jeté par terre était de faire un grand saut si juste que le chien passât sous moi tandis que je serais en l'air. Cette idée plus prompte que l'éclair et que je n'eus le temps ni de raisonner ni d'exécuter fut la dernière avant mon accident. Je ne sentis ni le coup ni la chute, ni rien de ce qui s'ensuivit jusqu'au moment où je revins à moi.
5. Il était presque nuit quand je repris connaissance.
6. Je pensai que puisque je marchais sans peine il valait mieux continuer ainsi ma route à pied que de m'exposer à périr de froid dans un fiacre.
Los últimos estudios sobre la génesis de la Sinfonía No. 7 en Do Mayor, op. 60 de Dmitri Shostakovich ponen en duda que su inspiración inicial estuviese en el asedio de Leningrado por parte del Ejército Nazi. Al parecer, Shostakovich llevaba dando vueltas al famoso tema de la invasión antes de que ésta se produjese en septiembre de 1941. No obstante, y a mi humilde juicio, esto no desdice el carácter de la obra. La denuncia de la brutalidad fascista, invada la Madre Rusia o Polonia, con o sin cercos sangrientos, es palmaria: el uso (y abuso) de la percusión, la presencia insoslayable de los metales, la repetición obsesiva y machacona de un mismo motivo no deja lugar a dudas.
Mi entendimiento de Shostakovich parte de la base de que era un compositor influído poderosamente por la vanguardia, presiones y capitulaciones aparte. Por eso, la primera vez que escuché la Sinfonía Leningrado, me sorprendió el inicio del allegretto: comienza con un tema apasionado, majestuoso y romántico, basado en la cuerda y en el viento-madera, casi convencional en su concepción, entreverado de Bruckner o Mahler. Sospechosamente postromántico, diría yo. Para un compositor tan mordaz, tan tendente a la burla y a la parodia —antes que al drama— es una extraña entrada la que se propone. El final de este tema inicial, con un violín solista que acaba en una tesitura altísima enlaza directamente con la percusión de una caja que, en la distancia, va tocando su ritmo de marcha. Las cuerdas (altas y bajas) en pizzicato, atenuadas, y posteriormente un orondo clarinete dibujan el famoso tema principal de la invasión. Aquí ya asoman los matices burlescos de Shostakovich: la melodía que compone la marcha es sencilla y pueril, y tiendo a pensar que, antes que representar la marcha de las tropas en la distancia, propone el infantil intento de seducción del fascismo. El tema de la marcha se repite nada menos que doce (!!!) veces, una repetición que es muy difícil de justificar por motivos estrictamente musicales si desproveemos a la obra de su intención programática. Progresivamente, la adición de elementos orquestales y el aumento de intensidad (habría que reseñar las partituras con una imposible sucesión de efes) terminan por construir una especie de Bolero de Ravel perverso y monstruoso. Trompas, trompetas y trombones aúllan. La percusión golpea enloquecida. Las cuerdas se debaten en un equilibrio imposible oscilando ebrias de un lado a otro. Todo el carácter seductor se pierde en un maremagnum sonoro espantoso. Si aquellos que lo escuchen lo consideran insoportable, es que han llegado al corazón de las intenciones de la obra. Inmersa en la estética del siglo XX, es curioso que una de las obras estructuralmente más conservadoras y melódicamente menos arriesgadas de Shostakovich se posicione de manera tan franca a la hora de renunciar al equilibrio que tiene toda belleza. No está compuesta para seducir, sino que, por medio de un sarcasmo brutal, provoca en el oyente el más profundo de los rechazos.
Nota: El oyente habrá de tener algo de paciencia. El archivo de audio comprende el movimiento inicial de la sinfonía, que se extiende algo más de veinte minutos. Por razones de mínima calidad sonora (compresión a 224 kbps), para escucharlo se necesita descargar unos cuarenta megas. Naturalmente, el tiempo total de descarga dependerá de la conexión del usuario.
Paseando ayer por el parque, escuché un grito singular:
— ¡¡¡Te mato!!!
Semejante anuncio era vociferado por una madre, desde la terraza de la casa, a su hijo de unos seis o siete años que jugaba en el parque inmediato. Supongo que el niño estaba a punto de cometer un acto sancionado, tan grave como tirarse por el tobogán de pie o de escalar al tejadillo de la casita de juegos, actividades en las que podría romperse un brazo, hacerse una herida o acabar con un bonito chichón. Lo que impresionaba es que, para prevenir tales cosas, aquella madre apostaba directamente por el terrorismo psicológico, por la violencia verbal más extrema o, por decirlo claro, por la declaración de que iba a asesinar al niño.
En este caso, la desproporción entre delito y punición es tan acusada que rozaría lo grotesco si no nos atuviésemos al sentido de la amenaza. Y es clarificador que se elida la parte del condicional lógico que se intuye y que este tenga obligatoriamente que ir en tiempo presente: Si haces ésto, te mato. Enunciándose de tal forma, no se dan alternativas. El cumplimiento de la segunda parte (te mato) ocurre por necesidad y no precisa que se concrete la veracidad del primer miembro. La muerte es ya cierta y no probable o futura. No ocurre al minuto siguiente o en el momento en el que se llegará a casa. Por el contrario, al emplearse el presente, adopta el valor inmediato: en la práctica, la madre está anunciando al niño que ya lo está matando, como si se hubiese subido a horcajadas sobre él y, a ritmo de puñaladas, le diese una información de Pero Grullo.
Cuando era niño recuerdo haber escuchado, continuamente, a todas horas y en cada situación a algún padre o madre bramar que iba a matar a su hijo. La amenaza era continua e intenso el reinado del Terror. La presión psicológica a la que son sometidos los niños sólo tiene correspondencia con la vocación de sometimiento por parte del agresor. La violencia verbal forma parte de las fórmulas institucionalizadas de dominio, de la estrategia que pretende la destrucción nerviosa del rival. No difiere mucho del repertorio de torturas que comete todo Estado. En aquellos días, los padres, más explícitos y literarios que los actuales —je me rappelle— gritaban que iban a cortar el pescuezo de sus hijos, que los iban a ahora como gatos (sic), que los estrangularían, que les iban a sacar los hígados o que los estocinarían1 sin remedio. Cuestión de formas cuando el fondo es el mismo.
La frase me impresionó, lo reconozco. A mi alrededor, parecí ser el único perplejo. Las mujeres seguían hablando animadamente entre sí, mientras el corrillo de hombres permanecía impertérrito. Ni uno solo de los niños se sorprendieron de tal locución. Vivimos bajo la normalidad de le Grand Peur.
Nota:
1. Estocinar quiere decir hacerle a alguien lo que se hace a los tocinos, esto es, a los cerdos, el día de la matanza: abrirlos en canal con un arma blanca.
Me niego a escribir su nombre, me niego a colocar su imagen, pero Italia estará sometida durante la entrante legislatura a lo peor de sí misma: La Mafia, el clientelismo (a los capi), los vínculos de reparto infamante de poder (entre maffiosi), la corrupción galopante (de Mafia a Estado y de Estado a Mafia), el sobreseimiento de causas judiciales contra los allegados a la derecha (o a la Mafia), el ataque furibundo desde el ejecutivo a un poder judicial ya de por sí manchado de fango (mafioso), el despilfarro y el lucramiento personal (de los diversos estamentos de la Mafia). ¿De qué han servido las (durísimas) posturas de ajuste de las finanzas públicas por parte del profesor Prodi en un estado que cabalgaba a lomos del más gravoso endeudamiento? ¿Acaso los votantes no han sido conscientes de todas las trampas y zancadillas que se ha puesto a su gobierno? ¿Por qué no dar el voto a Veltroni, de quien se presupone un comportamiento infinitamente más limpio que el de su adversario? Todo se perderá en manos de la verdadera cabeza de la Mafia que ha ganado estas elecciones. Extraño es que, con los precedentes que la policía había detectado de falseo de votos de residentes en el extranjero a favor de la coalición de la podredumbre, el Partito Democratico no haya impugnado los comicios.
Ahora, la derecha rendida a la Mafia y la coalicción de partidos entre los que no falta quienes propugnan la xenofobia o los que se definen a sí mismos como neofascistas tienen las llaves de Italia. No escarmientan los italianos. Es para echarse las manos a la cabeza.
Posdata del 16 de Abril de 2008:
Ya ha empezado:
Zapatero ha fatto un governo troppo rosa che noi non possiamo fare anche perché in Italia c'è una prevalenza di uomini.
Nove donne! Se l'è cercata lui! Gli costerà dominarle!
... una sensacional (y novedosa) manera de dar inicio internacional a una legislatura es declarar a los cuatro vientos que se es un machista insoportable. Y atención, que esto es sólo el inicio. Que se prepare Italia.