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La Coctelera

Robertokles

Sobre animalismo, literatura, música y otras minucias

Categoría: Animalismo

7 Abril 2008

Fiera corrupia

Trottita

Trottita

Lo difícil no sería tratar de persuadir a quienes contemplen las imágenes de que la primera de ellas no retrata a un wolverine, a un Demonio de Tasmania o a una fiera brotada de una pesadilla; lo complicado es explicar que ambas fotografías son del mismo individuo y que andaba jugando amistosamente con la persona con la que vive. Descártese, por tanto, todo temor a que el monstruo terminase devorando a otro ser humano más. Las cámaras, ya se sabe, son a veces traicioneras y engañosas, y en lugar de presentar a un cachorro en plena diversión, se complacen en capturar a una fiera corrupia.

Trotta lanza dentelladas al aire cuando se le sopla de frente, en la carita. Es algo a lo que le encanta jugar y que también es entretenido para los humanos con los que se relaciona. Ya se sabe: al igual que cada uno de nosotros, cada individuo no humano posee su propia personalidad, su carácter privativo y su manera de relacionarse con el mundo. En particular, ella fue adoptada por quien se indignó al enterarse de que la iban a sacrificar. El criador de turno que la poseía como un bien de mercado se negó a costear los gastos veterinarios que iba a ocasionar. No era compensable con el precio que tienen en el mercado. Qué os voy a desvelar ahora que no sepais. Para algunos, los animales, un negocio. Y si no es rentable, a tomar por saco la mercancía.

No llega aún a los cuatro meses. Angelito.

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1 Abril 2008

Veganismo

El veganismo es consecuente: si alguien quiere ser respetuoso con los animales (tanto humanos como no humanos) y sus intereses, evita realizar acciones que los lesionen. De este modo es contrario a toda acción que conlleve su uso como mercancía, como materia prima o como banco de pruebas, sea del orden que sea. Un vegano, como ya casi todo el mundo sabe, se alimenta de vegetales (cereales, legumbres, hortalizas, verduras, frutas y frutos secos); no viste ropas o complementos sacados de algún modo de los animales, ni emplea productos de limpieza o higiene personal que contengan elementos de origen animal o que hayan sido testados en ellos; tampoco asiste a espectáculos o fórmulas de diversión en las que se usen animales. Como vemos, es algo mucho más amplio que el vegetarianismo, dado que su territorio se extiende más allá de la alimentación y son otras las motivaciones en las que se apoya.

El veganismo es un primer paso y una elección particular que, desde lo cotidiano, pone las bases para tener con los animales un trato justo. Sin duda, hay quienes prefieren traspasar estas bases e ir un paso más allá. Los activistas veganos animalistas son uno de sus ejemplos. La difusión y la concienciación no es un episodio menor. Para bien o para mal (en este momento, para mal), la situación, su integridad depende en gran medida de lo que hagan los humanos. En el caso de que las personas no sean conscientes de que en su día a día hay mucho que pueden hacer por ayudarlos, la espiral de uso, de explotación y de muerte de los animales proseguirá. ¿Es esto lo que queremos?

Es algo harto curioso que ser alguien decidido a mantener una relación más ética y más justa con los animales no humanos me haya convertido en un profesional de la palabra para los humanos. Sé dónde está el problema, no obstante, y sé de la utilidad que tiene aportar elementos de reflexión en cursos y conferencias. Quizás sea por mi particular manera de entender el activismo, o quizás lo veo más claro dado que es la zona por la que más me gusta desenvolverme. Hay una gran alegría en poder colaborar en una reflexión común, en una sala, mientras se conversa —alegría que no debieron ignorar Platón o Aristóteles.

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19 Marzo 2008

Señor perro

El señor perro, contando nueve años y medio de edad.

Tags: perro, king

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17 Marzo 2008

Palomas (II)

Llega a mis manos un tríptico editado por el Ayuntamiento de Parla con la colaboración de Athisa (más que conocida empresa de exterminio) que me deja estupefacto. Y antes de explicar mi estupefacción y expresar por qué entiendo que el mismo tríptico es un problema en sí mismo, tengo que decir que lo que me inquieta son fundamentalmente dos puntos. Primero, el modo de dar información a la población acerca de lo que la Administración considera un problema (y se da el caso de que Athisa, la otra parte que suscribe la hojilla, no lo concebirá como un problema sino como una fuente generadora de sus ingresos), la argumentación ofrecida y el enfoque a la hora de justificar los fines de control poblacional; segundo, la oscuridad a la hora de informar acerca de las soluciones que el Ayuntamiento de Parla ha adoptado para llevar a cabo dicho control poblacional.

1. Los modos de información:

Como se ve en las imágenes adjuntas, el tríptico lleva el título 'Programa de control de palomas'. Rápidamente, en la primera carilla del interior, se nos conduce a un hecho incontrovertible: que las palomas pueden contraer y/o propagar enfermedades. Es un hecho cierto. No me cabe duda. Lo mismo ocurre con perros, gatos, vacas, ratones, burros, caballos, mosquitos, niños rubios o generales de infantería. Unos y otros son capaces bien de enfermar (como todo ser vivo), de portar enfermedades que no padecen pero que sí pueden transmitir (piénsese en los mosquitos) o incluso de enfermar de males que afecten tanto a sus congéneres como a quienes no lo son (son aquellas enfermedades que dan lo que se llama el salto de especie). Siempre y cuando se expliciten con mayor o menor claridad las posibilidades de que la especie humana tiene de enfermar a causa de la mera presencia de animales no humanos en su entorno, la información no tiene necesariamente que ser alarmista. Es decir, que es precisa una valoración cuantitativa de los riesgos que se corren a fin de abordar las soluciones. En caso contrario, el planteamiento puede llevarnos a la demagogia, a la magnificación irreal o a la creación de sofismas de lógica formal como el siguiente que planteo:

1. Los ancianos son capaces de enfermar.
2. Los ancianos son capaces de transmitir la enfermedad de la que enferman.
3. Ergo los ancianos nos transmiten enfermedades y han de ser considerados como un problema.
4. El problema se soluciona regulando la población anciana.

A cualquiera que emplease este pseudoargumento se le tacharía de zoquete, de neonazi o quizás —y con más razón, pienso— de no haber asistido al colegio el tiempo suficiente o en su defecto, haberlo hecho con ínfimo aprovechamiento. Desde los tiempos de Aristóteles, distinguimos entre potencialidad y acto. Efectivamente, todos los animales reseñados (humanos incluídos) tienen esa capacidad de ser elementos de transmisión y contagio de ciertas enfermedades: de ahí a que, por la mera posibilidad, lo hagan de ordinario, hay un mundo. Y de ahí a que se elabore un plan de eliminación de riesgos atacando directamente al transmisor ya no es que medie un mundo, sino media galaxia. Pero quizás sea esperable que se aduzcan tales para-razones en un tríptico generado, dirigido, estimulado o aconsejado por una empresa de exterminio. Se limita, me da la impresión, a generar y propagar el miedo de la población para justificar lo que ya es un hecho: que, contrato de Athisa por medio, las palomas ya están siendo exterminadas.

La apelación básica, decimos, es la del miedo a la enfermedad transmitida por las aves, que tan altas cotas alcanzó con los casos de gripe aviar que han saltado a la luz. Naturalmente, no se explica que el virus H5N1 de la gripe aviar tiene su mayor cota de incidencia en las gallináceas, y que toda población que quisiese minimizar riesgos de contraerlo, bien haría en primer lugar de dejar de consumir pollo, dado que con frecuencia, por su extremado número, el control veterinario legal que se practica se revela del todo punto insuficiente. Son millones de aves las usadas para ser empleadas como comida. Y dado que los medios veterinarios son limitados y que no contamos con un ejército de ellos, lo único que pueden hacer es un muestreo más o menos representativo de los animales que son destinados al consumo humano. Esto quiere decir que, si tenemos una granja industrial en la que haya 150.000 pollos (es decir, una granja intensivista de tamaño mediano), el veterinario de inspección examinará muestras de 150 pollos (o de 15, o de 32) para determinar un estado de salud general. Imaginen ustedes lo que sería si, de los 40 millones largos de habitantes que hay en España, el sistema de salud examinase a —pongamos— 4.000, y determinase en función de esos 4.000 individuos el estado general de salud de todos y cada uno de los ciudadanos de la nación. Insuficiente, ¿verdad?. No sé si alguien que me lea habrá pensado alguna vez que, sólo en este país, unos 800 millones de pollos (gallinas jóvenes) son destinados al consumo cárnico anualmente. Saque sus conclusiones quien quiera, pero entiéndase cuáles serían en este caso las prioridades.

En lo que toca a las palomas, haría falta un prolongado contacto directo con su materia fecal para entrar en situación de riesgo, suponiendo que éstas estén infectadas. Y por lo que he investigado, no tenemos ni un solo caso de paloma enferma de gripe aviar en este país ni, por ende, ser humano alguno que haya padecido esa enfermedad.

En lo relativo a la Chalamydia psittaci, bacteria que provoca la psitacosis (otra de las enfermedades que pueden dar el salto de especie de aves a seres humanos y de la que se nos alerta periódicamente), la incidencia sigue siendo mayoritaria en los psitaciformes (es decir, el orden que comprende a loros, papagayos, periquitos y cotorras) hasta el punto de ser conocida popularmente como la fiebre del loro y, de nuevo, y por cuestiones de hacinamiento, medra entre las llamadas aves de corral (que ahora están en factorías), gallináceas fundamentalmente. El caso es el mismo que el anterior, como se verá. Que la misma orientación del panfleto pone su punto de alarma —si es que de preservar la salud de la ciudadanía se trata en estos tiempos de auge de la biopolítica— en un punto que, ni de lejos es el más importante y que el que suscribe teme mucho que sea marginal.

La página de Athisa recoge también algunas enfermedades de las que pueden ser portadoras las palomas cuando están en pésimas condiciones de salud (y menos mal que ponen el condicionante). El listado es tan sucinto como carente de explicación. Recoge, por elegir una de ellas, aquellas enfermedades producidas por los adenovirus, sin explicar ni lo que son, ni en la medida en la que las palomas pueden transmitirlo. Bástenos saber que en estudios de suficiente entidad científica ni siquiera citan ave alguna como portadora o transmisora directa de las diversas adenovirosis. Esto no quiere decir que no puedan portarla, pero nos da una idea del grado de relevancia que dichos estudios dota a las aves, por no decir a las palomas. Tentado estoy de escribir la palabra irrelevante, pero tampoco es cuestión de perder la ecuanimidad. Véase, por ejemplo, el artículo aparecido en la Universidad de Virginia, también refrendado en el Portal de la Virología, dependiente de la Universidad de Alicante.

El segundo de los puntos hace referencia a ese crecimiento desproporcionado que la Administración observa en las poblaciones de palomas. Y, no habiendo un censo poblacional de por medio (¿acaso los responsables de la Concejalía de Sanidad y Medio Ambiente del Ayuntamiento de Parla, que tan preocupados se muestran con el asunto, se han preocupado de censar la población de palomas que anida en su municipio y aplicarles el mínimo trato veterinario como, al menos, comunicaba que iban a hacer sus homólogos de Langreo?), la cosa queda a niveles perceptivos de qué es exactamente un aumento de forma desproporcionada. ¿Qué se considera que tiene que ser un aumento proporcionado? ¿En función de qué parametrización se basa tal afirmación? Desde luego, y por lo que he andado preguntando por ahí, no me parece que haya mayor número de palomas que, por ejemplo, hace treinta años, cuando tampoco había predadores y tenían el mismo alimento disponible, si no más. Es decir, que una de dos: o es un problema que viene ya de antiguo, o bien las razones aducidas para ese desproporcionadísimo aumento poblacional no son las adecuadas. Queda por responder la pregunta de la cuantía del número de palomas que tiene que haber para no suponer un riesgo de transmisión de enfermedades. Si es que ése es el caso.

El punto subsiguiente es especialmente grave: se acusa a las palomas de deteriorar los inmuebles con los ácidos de sus heces. Atención, porque la cosa no deja de ser curiosa en una localidad como Parla que, con todos mis respetos, no es que cuente con los mismos argumentos de conservación de edificios que Florencia o Siena. ¿Cuál es el nivel de deterioro que alcanza un edificio al ser bombardeado por las pérfidas palomas? Planteada así la cuestión, uno se siente tentado a interpretar que, antes de referirse a un ladrillo deslucido en una barriada de vecinos como la que yo mismo habito, se está haciendo referencia al riesgo de derrumbe del Partenón (de Parla) o aún del palacio mediceo ideado por Michelozzo di Bartolomeo para el embellecimiento de Parla. ¿Pero qué broma es ésta? ¿Es que justifica esto que se capturen con redes centenares de palomas y se las dé muerte acaso? ¿Es una medida proporcional? Si de conservación de inmuebles se tratase, más valdría que lanzásemos redes para capturar automóviles y camiones (que destrozan la calzada), peatones y grafiteros (que terminan por afear o desgastar, a base de uso, paredes y aceras) o incluso paracaidistas y avionetas, que cometen el desaforado delito de ensuciar los cielos con su propia presencia. De veras que en algunos momentos los pergeñadores de este tríptico me recuerdan a aquel marinero al que, a fuerza de querer ser libre, le estorbaba el mar para navegar.

Y, para finalizar, viene el despropósito más palmario de todo el texto. Se insta a la ciudadanía (o mejor: se prohibe a los ciudadanos; véase el recuadro en la imagen no. 3) a no alimentar a las palomas porque (imagen No. 2) el factor más importante que motiva el excesivo número de palomas es la alimentación incontrolada. Así, se comprende que las palomas, al tener suficiente alimento y no perecer de inanición, están en disposición de sobrevivir tanto ellas como su prole, ciclo que se invertiría si, en lugar de encontrar facilidades alimentarias, la misma comida comenzase a escasear haría que sólo una parte de la población de palomas estuviese en condiciones de reproducirse, quedando otra parte con carencias alimentarias que les ocasionaría, a la postre, la muerte por hambre. Lo curioso del caso es que se contradice con lo expuesto en la imagen no. 3, en la que se recuerda al lector que estas aves encuentran por sí solas alimento con facilidad y que la sobrealimentación conduce a exceso de población y sus problemas asociados. Interesante comprobar la extraña y perversa manera que tienen estos señores de entender el asunto, en el que sólo las palomas sobrealimentadas (me guío estrictamente por lo que aparece en el texto, sin tratar de hacer enmienda por mi parte) estarían en disposición de aumentar la población, en tanto que aquellas que encuentran alimento por sí mismas no podrían.

En definitiva: las explicaciones (?) que se aducen para llevar a cabo una acción de control de la población de palomas son ciertamente extrañas, por no decir que parecen haber sido escritas por quienes, o no han querido examinar el asunto con detenimiento, o bien han pasado por encima de todo argumento y razón para llevar a cabo una acción que, esté o no teñida de sangre, reporta beneficios económicos. A costa de quienes, parece no importar mucho.

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17 Marzo 2008

Palomas (I)

Aún en los terribles tiempos en los que era niño, el amor a los animales estaba bien visto. Ocuparse de alimentar a las palomas, dar de comer a los gatos callejeros para que no muriesen de inanición o echar migas de pan en los escasos estanques que habitaban los patos (los cisnes eran rareza de zoológico) se consideraba una noble actividad humana, tan benéfica como pacífica. Por el contrario, aquellos ciudadanos que, en aras de una mala entendida higiene social, ofrecían comida envenenada a los perros abandonados o a los gatos del lugar para «que no ensuciasen la calle», no se libraban de la censura social que los tildaba de amargados, locos, refractarios a cualquier tipo de sentimiento o, simple y llanamente, partícipes de una conducta criminal, entendiéndose que bien cerca andaban de aquellos otros sujetos que, con la excusa de mejorar la raza humana y de crear una sociedad superior, mandaron a judíos, gitanos, eslavos y miembros de minorias étnicas y políticas a la chimenea.

He citado a las palomas y a ellas me quiero referir ahora. Siendo niño, las recuerdo revoloteando a centenares por la Plaza del Pilar, en confuso vuelo, abalanzándose sobre los granos de maíz o migas de pan que había por los suelos. Qué bellas y extrañas me parecían. Aún no sabía de aquel libro de Ibn Hazm de Córdoba, a quien, para poner título a su tratado sobre el amor, no encontró mejor nombre que El collar de la paloma, en referencia a los tonos irisados que muchas especies de estas aves tienen en cuello y pecho y a su imagen como ave del amor. Ni tampoco conocía las asociaciones que hacían de la paloma blanca el símbolo de la paz por excelencia, cuando no de la pureza. Ni, desde luego, había leído a Anacreonte, y me faltaban años para conocer a la paloma que, en vuelo libre y puro, planea por la introducción de la Crítica de la Razón Pura; o aquellas que Gabriela Mistral vindicaba y que anidaban a la sombra de las blancas; o las cándidas palomas de Samaniego, muertas bien por acción del milano o por estrellarse como kamikazes ante una pintura (un ejemplo más violento que aquello que Plinio nos cuenta sobre otras aves engañadas por una obra de Zeuxis de Heraclea); ni las innumerables que habitan en las páginas de Literatura y que, a cada poco, me vienen a la cabeza y al recuerdo; por no hablar de los columbarios que he observado que, por analogía, vienen a recordarme a los palomares y sus moradores.

Pero de un tiempo a esta parte, se está extendiendo la percepción de considerar a esta ave que nos acompaña en nuestros asentamientos como poco menos que una plaga dañina. Bien sea por su número creciente, bien porque ocasiona algunas molestias (mínimas, a mi juicio) con su presencia, tanto la opinión pública como la Admistración han empezado a declararles la guerra. Pasamos del amor a las palomas a odiarlas sin medida de manera vertiginosa. Los envenenamientos son frecuentes, justificados a veces por razones tan peregrinas como irracionales: «son ratas con alas», me repiten. Como si esto quisiese (o pudiese) decir algo.

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10 Marzo 2008

Lecciones de ética

En las tardías Lecciones de ética (1993) de Ernst Tugendhat, al compilar las diversas situaciones asaeteadas por los juicios morales, se enuncian las siguientes:

Hay, finalmente, una serie de discusiones políticas que afectan a los derechos de los grupos minoritarios o marginales de la sociedad y que deben considerarse como cuestiones puramente morales: la cuestión de una ley de inmigración restringida o ilimitada, la cuestión del asilo, los derechos de los extranjeros, la cuestión de si y en qué medida deben permitirse o prohibirse el aborto y la eutanasia; los derechos de los discapacitados; la cuestión de si también tenemos obligaciones morales frente a los animales y, en este caso, cuáles. [cursivas de Robertokles]

No se puede decir precisamente que Tugendhat sea el adalid de la postmodernidad o que, filosóficamente, vaya en la primera fila de la vanguardia radical. Y sin embargo, reconoce sin ambages que la cuestión de la relación con los animales no humanos es éticamente relevante. Para otros filósofos de este país —como Gómez-Pin o Savater—, defender una relación justa entre los humanos y el resto de los animales es algo propio de talibanes ecologistas. Hay expresiones que llevan en sí mismas la marca de la perversidad y que colocan a quienes las emplea en algo poco halagador. Ellos sabrán.

Por cierto: Ernesto Cardenal también empleó alguna de ellas frente a quien no validó su apoyo a una revuelta armada contra la dictadura: lo llamó algo así como pacifista radical. Hay que joderse, Ernesto, que se quedó usted ancho...

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9 Marzo 2008

Jovencita

Intenso frío en Madrid; pese a que —me dice la prensa— la participación de la hartísima ciudadanía en las elecciones generales al Gobierno de este país desciende en dos puntos respecto a las anteriores, veo poca gente en la mañana de domingo. Quizás el frío, me digo. Quizás que hay amenaza de lluvia inminente. La Plaza de Tirso, no obstante, sigue en sus irredentos trece: los muchachos anarquistas conviven en armonía con los marxistas-leninistas (¡quedan!) o con los animalistas. Me sacuden de nuevo las dudas, porque la tarea que pienso que debo hacer es sacar el animalismo del circuito alternativo o marginal hasta la palestra de las Universidades o los foros de debate. Poco a poco, se van haciendo cosas cada vez más importantes: pero no consigo alejarme de la rémora de la mesita y la plaza pública.

Lo que hubiese dado esta mañana por una sala de conferencias, un micrófono y un proyector...

Por otro lado, he de reconocer que recibo muestras de interés por el respeto a todos los animales de parte de ciudadanos cada vez más jóvenes. Qué cosas. Lo que hacen las elecciones generales...

Tags: activismo

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3 Marzo 2008

¿Qué es especismo?

Rohtriano nos preguntaba hace poco en qué consiste la discriminación conocida como especismo. La definición que más clara es que el especismo es la discriminación ejercida hacia individuos de otra especie.

Como otras discriminaciones del mismo corte (sexismo, racismo), el especismo entiende que hay ciertos individuos (en este caso, animales no humanos), que por el hecho de ser morfológicamente distintos al ser humano, han de ver sus propios intereses (de asociación, de ir donde les plazca, de juego, de solaz físico) socavados para plegarse a lo que arbitren los discriminadores.

Óscar Horta explica que la cuestión de la consideración moral de los animales no humanos ha sido tratada a lo largo de la historia de manera muy puntual y marginal; a mí me gusta matizar que ha sido tan puntual y marginal como recurrente. Para llegar a una conclusión o a otra, en toda época ha habido alguien que ha pensado, con mayor o menor intensidad, con más o menos calado, en la relación que los seres humanos mantienen con el resto de los animales. La reflexión ha podido hacerse desde el plano religioso (en un espectro que abarca desde Pitágoras a los jainistas, desde los ascetas budistas o cristianos hasta Gandhi), del derecho (está presente una reflexión en Tomás de Aquino, que Francisco de Vitoria no olvida; el autor arábigo de la Disputa entre los animales y el hombre —planteada en forma alegórica y de querelle— es otro de sus ejemplos) o literario (nadie puede olvidar el caballo de Dostoyevski o la ostra parlante de Voltaire, o las bestias manchadas de sangre en la obra de Plutarco), pero lo que viene a ser claro es que algo está mordiendo en la conciencia del hombre justo cuando piensa en qué estamos haciendo con aquellas especies que no son humanas.

Desde hace poco tiempo, apenas algo más de treinta y tres años, desde la bomba intelectual que supuso la publicación de Animal Liberation, de Peter Singer, el enfoque animalista ha ido derivando poco a poco; las posiciones anteriores, que se detenían en los deberes por compasión o benevolencia hacia los animales no humanos bajo nuestro poder (en el más puro aspecto ético kantiano) y la clase de trato dado a los animales no humanos al utilizarlos, han virado al cuestionamiento del derecho de los humanos a usar, como si fuesen objetos éticamente irrelevantes, a los animales no humanos.

Este derecho de uso, inserto en toda cultura humana, se hace en virtud del especismo: la firme creencia —basada en un prejuicio y que no se apoya en motivo racionalmente defendible alguno— de que los animales no humanos están aquí a nuestro servicio, que no tienen intereses propios, que ni sienten ni padecen y que, por encima de su voluntad, ha de primar la nuestra.

Así, el especismo hace referencia al principio ideológico en el que se amparan todas las actitudes deplorables que el hombre tiene con el resto de los animales: desde prender fuego a gatos a colocar a delfines en acuarios para el solaz de la gente; desde catalogar a los animales vacunos como cosas que se comen hasta emplear a otras especies para que nos hagan compañía (eso sí, siempre en el modo que nosotros queramos). El resultado más evidente del especismo es que los animales pasan de ser seres autoconscientes y con intereses a objetos manipulables, cuyos intereses no se tienen en cuenta, que pueden ser poseídos y comprados como mercancía. Para decirlo más clara y crudamente: gracias a esa discriminación, pasan a ser nuestros esclavos.

Para el mismo autor, especismo es:

(...) la discriminación de aquellos que no son miembros de una cierta especie (o especies). En otras palabras: el favorecimiento injustificado de aquellos que pertenecen a una cierta especie (o especies).

Y culmina escribiendo:

El especismo ha sido definido en ocasiones como un trato desventajoso (o una consideración desigual) basada únicamente en la pertenencia a la especie. O un trato o consideración que favorece a los miembros de una cierta especie (o de varias especies) en función de factores que no tienen que ver con sus capacidades individuales. Estas definiciones, sin embargo, no parecen adecuadas cuando son contrastadas con la consideración que comúnmente reciben las distintas defensas de las discriminaciones intraespecíficas. Aquellas posiciones que defienden que los humanos varones o de ascendencia europea poseen determinadas capacidades individuales y que por ello deben ser favorecidos son comúnmente tildadas, si el criterio apelado es moralmente injustificado, de sexistas y racistas. Tomemos, por otra parte, la discriminación que han sufrido a menudo aquellos con síndrome de Down.

Ésta no es considerada de manera distinta según sea defendida sin aducir ningún argumento o sobre la base de que no poseen determinadas capacidades. No hay motivo alguno, pues, para conceptualizar el especismo de modo diferente.

Cabe también indicar que esta definición implica que una diferenciación justificada que distinga entre los miembros de especies distintas no será especista (al igual que no es sexista, por ejemplo, defender que las mujeres, y no los hombres, puedan tener derecho a atención ginecológica). El especismo, por definición, es una posición moralmente injustificada.

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