Categoría: Literatura
25 Junio 2009
En esta última acepción, pues, es la desesperación la enfermedad mortal. Ese tormento contradictorio, esa enfermedad del yo, que consiste en estar muriendo eternamente, muriendo y no muriendo, muriendo la muerte. Pues morir significa que todo ha terminado, pero morir la muerte significa que se muere el propio morir; basta que se viva la muerte un solo momento para que la viva eternamente. Para que el hombre muriera de desesperación, como muere de otra enfermedad cualquiera, sería necesario que lo eterno en él —el yo— pudiese morir en el mismo sentido que el cuerpo muere a causa de la enfermedad. Pero esto es imposible. El morir de la desesperación se transmuta constantemente en una vida. El desesperado no puede morir. «Así como el puñal no puede matar el pensamiento», así tampoco la desesperación, gusano inmortal y fuego inextinguible, puede devorar lo eterno —el yo— que es el fundamento en la que aquélla radica. No obstante, la desesperación es precisamente una autodestrucción, pero impotente, incapaz de conseguir lo que ella quiere. Porque esta consunción lo que quiere es devorarse a sí misma, pero no lo consigue, y esta impotencia es una nueva forma de íntima consunción, en la cual, sin embargo, la deseperación vuelve otra vez a sentirse incapaz de conseguir lo que busca: su propia extinción. Se trata de una especial potenciación, o de la ley de la potenciación correspondiente. Tal es la fogosidad propia de la desesperación, o su incendio frío; como una carcoma característica, seimpre en movimiento hacia adentro, hundiéndose más y más en la íntima consunción desapoderada e impotente. Y no es ningún consuelo para el desesperado, ni mucho menos, que la desesperación no lo devore por completo; este consuelo es cabalmente su suplicio, y lo que mantiene la carcoma en vida y a la vida en la carcoma. Porque aunque no desesperado precisamente en este aspecto, desespera con todo de que no pueda devorarse a sí mismo, de que no pueda deshacerse de sí mismo y quedar reducido a la nada. Ésta es la fórmula de la especial potenciación de la desesperación, la continua subida de la fiebre en esta enfermedad del yo.
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31 Julio 2008
Los versos de un internacionalista, publicados en la revista Nicaráhuac:
Kennedy traía la paz al mundo
y abría las puertas a un mundo
mejor. Un mundo de paz,
Donde el hambre no va a existir,
Donde la guerra no va a existir,
Donde el racismo no va a existir,
En el feliz mundo
de los Estados Unidos de América.
Kennedy crea los Green Berets,
Seiscientos ochenta y cinco hombres
asesinos
Que luchan en las selva con las tropas
sangrientas del títere Dinh Diem.
Y no contento con eso, autoriza
Que lleguen más y más tropas hasta
Que en el último año, en Vietnam
hay más de dieciseis mil
asesinos
De los Estados Unidos de América.
Aún hay más.
Porque la jungla y el arrozal del Mekong Delta
oculta al Vietcong
asesino
Y los muchachos de los Estados
asesinos
Unidos de América
Se ven incapaces de asesinarlos.
Se autoriza el uso del napalm para
«luchar contra la insurrección,
destruyendo su base económica y
alterando el tejido social en la zona
en la que ellos eran más fuertes».
Y se deforesta la «zona abierta»
de plantas y de hombres
y de mujeres y de niños
y de ancianos trabajadores
y de aves y de roedores
y de todo lo que esté vivo,
Para retirarse a tiempo
Y ceder el testigo de la guerra
Al gobierno de Vietnam del Sur.
«Odiadores de vida», dice el poeta.
Y en Nicaragua, Somoza sostenido
Por la CIA. Y en El Salvador,
Julio Adalberto Rivera vence en las elecciones
En las que era el único candidato,
Siempre con el permiso de
los Estados Unidos de América
y la CIA. E Ydígoras Fuentes cede
Su territorio para que sean entrenados
y embarcados los anticastristas
Hacia Playa Girón.
Villeda Morales, hombre de manos limpias
Bloquea Cuba por mandato de
Kennedy y los hombres de Kennedy
(Para que pase hambre todo aquel
Que se oponga al Imperio).
Kennedy trae la paz
De los cementerios
Para el que no viva
en los Estados Unidos de América.
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30 Mayo 2008
Por lo general, Rousseau suele provocar reacciones extremas. Pese a que me disgusta su tono plañidero y me asombro con su insaciable capacidad para ver conjuras contra él donde no había nada, con su desatada manía persecutoria (me explico: no perseguía a nadie; pensaba que le perseguían todos), y no sufro facilmente cuando adopta el tono iluminado de la santurronería naturalista, sin embargo, leo sus libros (menos las Confesiones y las Ensoñaciones del Paseante Solitario) con bastante agrado. Una cosa es el hombre, y otra el autor. Confieso que en esto de que a uno le pongan entre la espada de Beatles o la pared de los Rolling y toda esa serie de elecciones forzadas, en la habitual entre Rousseau y Voltaire suelo quedarme con el último. Me encanta su sarcasmo, su ironía, y lo afilado de su pluma (Voltaire es un escritor excepcionalmente dotado para la sátira). Y sin embargo, en el pasaje que vengo a ofrecer hoy, Voltaire fue tan agudo que llegó a cortar a sus lectores, y es Rousseau quien termina por provocarme un sentimiento de compasión. Pero pasemos a narrar el incidente al que me refiero:
En la segunda promenade (ensoñación) de sus Ensoñaciones del Paseante Solitario, el anciano Rousseau nos narra que en octubre de 1776 (es decir, que sumaba 64 años), tras haber comido, sale por los bulevares hasta la cuesta del Ménilmontant, (1) entreteniéndose en el descubrimiento y reconocimiento de las especies botánicas.
Era otoño, y el buen ginebrino nota que las gentes de la ciudad habían abandonado esos parajes, quedando éstos solitarios tras el término de la vendimia (2). El efecto hace mella de inmediato en el peculiar carácter del filósofo, tan proclive a la melancolía y la lamentación, dando como resultado el comienzo de una reflexión que versaba sobre hasta qué punto tales soledades no eran acordes con esa etapa de su vida, para él desdichada, solitaria, y acechada por la vejez y las conspiraciones que (tan fértilmente imaginadas) se urdían en su derredor (3).
Tan embebido estaba el pobrecico en estas tristes reflexiones, cuando a las seis de la tarde, en la pendiente de Ménilmontant, regresando a casa, siente que se apartan las personas que caminan ante él (nótese lo peculiar de esta soledad roussoniana), quedándole frente a un enorme gran danés lanzado a la carrera delante de una carroza. ¿Qué hacer? El pobre Rousseau es anciano, y no ha reaccionado a tiempo. Ignoro el tamaño que estos canes podrían tener en el XVIII; ahora pesan cerca de 60 kilos, e incluso he visto algunos más pesados. Así que se le ocurre la peregrina idea de ¡saltar para que el perro pasase por debajo de él mientras estaba en el aire! (4)
Imaginad el porrazo tan tremendo que tuvo que darse; parece que salió despedido tan lejos, con los pies arriba y la cabeza abajo, que incluso la cochero, que conduciría a una velocidad de espanto, tuvo tiempo para frenar a tiempo y no pasarle al ginebrino por encima. Rousseau se golpeó la cabeza, y quedó tendido sin conocimiento un tiempo indeterminado (él reconoce que cuando se despertó, era casi de noche (5)). Aturdido, tarda largos minutos en recordar quién es, dónde vive, y qué hace en ese lugar. Maltrecho como estaba, prefiere caminar a morir de frío en un simón (un carruaje de pasajeros), lo que nos da idea de que Rousseau comenzaba a ser él mismo, expuesto siempre a su exagerada hipocondria y a su proverbial tacañería (6).
El caso es que se restableció lentamente de las magulladuras (aparte de la pérdida momentánea de conocimiento, no tenía nada importante), pero se vio expuesto a los efectos del rumor. En París, cuando llega la noticia, lo hace desfigurada y da la versión de que el escritor ha muerto a consecuencia del incidente. Mientras el filósofo se retuerce de rabia en su casa, sospechando que los editores saquearán sus escritos sin publicar sólo para imputarle obras espurias, y que esa acción tendra como objeto manchar su buen nombre (Rousseau era ciego para ver que lo único con lo que querían mancharse estos señores era con dinero), tenemos noticia de que el corresponsal del Courrier d'Avignon publica esta dura necrológica en la edición del 20 de Diciembre del mismo año:
«M. Jean-Jacques Rousseau ha muerto a consecuencia de su caída. Vivió pobre, ha muerto miserablemente; y la singularidad de su destino le ha acompañado hasta la tumba. Lamentamos no poder hablar de los talentos de este escritor elocuente; nuestros lectores deben sentir que el abuso que de ellos hizo nos impone aquí el más riguroso silencio. Hay motivos pata creer que el público no será privado de su vida y que se encontrará hasta el nombre del perro que le ha matado ».
Más duro se muestra Voltaire, aun es cierto que en privado. En una carta fechada enviada a Florian y fechada el 26 de Diciembre de 1776, se hace eco de una variante de la noticia:
«Jean-Jacques ha hecho muy bien en morir. Se dice que no es cierto que sea un perro el que lo mató; curó de las heridas que su camarada el perro le había hecho; pero se dice que el 12 de diciembre se le ocurrió celebrar la Escalada [fiesta ginebrina] en París con un viejo ginebrino llamado Romilly; comió como un diablo y al darle una indigestión, murió como un perro. Qué poca cosa es un filósofo.»
Pues eso: qué poca cosa es un filósofo.
Notas:
1. Le jeudi 24 octobre 1776, je suivis après dîner les boulevards jusqu'à la rue du Chemin-Vert par laquelle je gagnai les hauteurs de Ménilmontant
2. Depuis quelques jours on avait achevé la vendange; les promeneurs de la ville s'étaient déjà retirés; les paysans aussi quittaient les champs jusqu'aux travaux d'hiver.
3. Il résultait de son aspect un mélange d'impression douce et triste trop analogue à mon âge et à mon sort pour que je ne m'en fisse pas l'application. Je me voyais au déclin d'une vie innocente et infortunée, l'âme encore pleine de sentiments vivaces et l'esprit encore orné de quelques fleurs, mais déjà flétries par la tristesse et desséchées par les ennuis. Seul et délaissé, je sentais venir le froid des premières glaces, et mon imagination tarissante ne peuplait plus ma solitude d'êtres formés selon mon coeur. Je me disais en soupirant: qu'ai-je fait ici-bas? J'étais fait pour vivre, et je meurs sans avoir vécu. Au moins ce n'a pas été ma faute, et je porterai à l'auteur de mon être, sinon l'offrande des bonnes oeuvres qu'on ne m'a pas laissé faire, du moins un tribut de bonnes intentions frustrées, de sentiments sains mais rendus sans effet, et d'une patience à l'épreuve des mépris des hommes.
4. Des personnes qui marchaient devant moi s'étant tout à coup brusquement écartées je vis fondre sur moi un gros chien danois qui, s'élançant à toutes jambes devant un carrosse, n'eut pas même le temps de retenir sa course ou de se détourner quand il m'aperçut. Je jugeai que le seul moyen que j'avais d'éviter d'être jeté par terre était de faire un grand saut si juste que le chien passât sous moi tandis que je serais en l'air. Cette idée plus prompte que l'éclair et que je n'eus le temps ni de raisonner ni d'exécuter fut la dernière avant mon accident. Je ne sentis ni le coup ni la chute, ni rien de ce qui s'ensuivit jusqu'au moment où je revins à moi.
5. Il était presque nuit quand je repris connaissance.
6. Je pensai que puisque je marchais sans peine il valait mieux continuer ainsi ma route à pied que de m'exposer à périr de froid dans un fiacre.
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14 Abril 2008
El profesor de la Universidad de Cádiz Antonio Serrano Cueto, autor de la excelente edición castellana del Libro de Proverbios, de Polidoro Virgilio, ha abierto su propio espacio personal en esta Galaxia Gutemberg que no se extingue. El blog recibe el bello nombre de El baile de los silenos , título que se explica en la entradilla mediante una cita de los adagia de Erasmo.
Lo que todo lector que se precie debería hacer:
1. Leer la obra propuesta de Polidoro Virgilio.
2. Acudir en masa, con parentela, amigos, vecinos, allegados y conocidos a la página del doctor Serrano Cueto. Hay cierta diferencia de grado entre pasearse por los post de un dilettante como es mi caso a leer lo que tiene que decir quien se ha forjado en el estudio sostenido.
3. Tras leer detenidamente los post, agradecérselos debidamente al autor.
4. Sugerirle —con suaves maneras, para que no vea la conjura que hay tras todo esto—, que sería interesantísimo que la lengua castellana contase con una edición de los Adagia de Erasmo de la que hablábamos.
5. A modo de puntilla final o coda sibilina, se dejará deslizar la idea de que no estaría mal del todo que se tomase como base el texto de la edición de Ginebra de 1558 y que se anotasen las diversas adiciones que la obra había ido sufriendo en las ediciones precedentes. Por descontado que ayudaría no poco una edición bilingüe.
6. Inmediatamente sugerida tal enormidad, se saldrá huyendo por el bien de la integridad física personal de cada uno, siendo conscientes de que hemos propuesto una tarea que a duras penas podría hacer una docena de Sísifos.

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11 Abril 2008
...Y se me hace imposible acceder a los Fragmenta poetarum Latinorum epicorum et lyricorum praeter Ennium et Lucilium, de Willy Morel, quien catalogó estos priapeos de Cayo Mecenas con el número 4, y que tan feroces y violentos se me han aparecido. Qué estrecho cauce queda para la esperanza...
Pierna o brazo mutílame,
manco déjame y cojo.
plántame un lobanillo atroz,
flojos casca mis dientes:
mientras hay vida aún, bien va:
aunque en potro afilado
me esté hincando, consérvame
esa vida.
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10 Abril 2008
Me sigue rondando por la cabeza, como comentaba en un mensaje anterior, la captura de Hipólita por parte de Teseo en Sueño de una noche de verano y el subsiguiente discurso de éste. El contexto histórico de Shakespeare y la más que probable escritura del texto para una representación en círculos nobiliarios nos sugieren que Teseo está haciendo una afirmación del Poder que posee por derecho: poder de conquista al que se une el manifiesto poder de la benevolencia para sus súbditos. Para los lectores posteriores, de otro siglo como somos nosotros, el entendimiento de la cuestión es radicalmente distinto. Nos choca una visión del ejercicio del Poder cuando lo suponemos sujeto al capricho del gobernante. Hay que hacer un esfuerzo para retrotraerse a otros valores pasados, cuando la voluntad de quien gobernaba era la primera y última expresión de su gobierno y majestad. Nos sentimos, por tanto, atrapados en la encrucijada de lo que yo llamo la anfibología ideológica: es decir, en los múltiples significados que, por la variación temporal, cultural o por la ideología de quien entiende un texto, tiene un determinado concepto. Poder es una palabra sujeta a innumerables comprensiones. Resuena dentro de nosotros con distintos timbres, compases, tempi y melodías. ¿Cómo pretender retornar a un entendimiento plausible de la escena cuando ante nosotros se despliegan tantas posibilidades? No hay una única lectura, la interpretación no puede ser unívoca. Las dos ensayadas (histórica y contemporánea, por llamarlas de alguna manera) pueden ser válidas y dotar a la escena de una significación plena que no subvierte la lógica interna de la obra. Sea como fuere nuestro entendimiento, escojamos la opción que escojamos, no podemos dejar de lado que leemos esta obra hoy, en estos días, y que al hacerlo, no estamos asistiendo a un ejercicio de arqueología literaria. Por esa última razón es por lo que me interesa la historia de la representación.
He intentado ver las películas que, con manifiesto desacierto, se han filmado sobre el Sueño. Harold Bloom afirma (Shakespeare; la invención de lo humano, pg. 188) que, descontando la versión de Peter Hall, todas las realizadas trabucan los valores shakespearianos, traicionándolo manifiestamente al cargar las tintas en la violencia sexual y la bestialidad (sic). Yo tampoco creo que esos sean los valores centrales del Sueño ni de lejos, y que resaltándolos, la obra queda incomparablemente más pobre en su sentido final. Eso sí, me inquieta que mi propia fijación —por contraste— me deslice en mi lectura a primar las relaciones de poder que se ejercen en la rígida jerarquía social de la obra. Por lo que he podido ver, no son signos que pasasen desapercibidos para Max Reinhardt y William Dieterle en su película de 1935. El plano medio1 de Verree Teasdale, en el papel de la Reina de las amazonas es ya clarificador:



La fiera Hipólita vista una túnica ceñida por una serpiente, y en la Atenas festiva que preludia su boda, frunce el ceño o baja la mirada con aspecto hosco y abatido. El plano, que capta el rostro hacia abajo del personaje no nos da la misma sensación de majestad, en tanto que con el de Teseo nos ocurre todo lo contrario. El Duque de Atenas, abstraído en el ejercicio de su poder, pronuncia su discurso al tiempo victorioso, benigno y amoroso, sin apercibirse en absoluto del estado de ánimo de Hipólita. Véase a Ian Hunter (no confundir con el rockero del mismo nombre), brillante en los reflejos de su armadura, en plena alegría discursiva.
Hyppolita, I woo'd thee with my sword,
And wonne thy loue, doing thee iniuries
Hipólita, te he cortejado con mi espada,
Y gané tu amor causándote heridas


Ante tamaño discurso, ésta es la reacción de la novia; mira al lado contrario con cierta angustia, ajena al alborozo generalizado, como quien quiere escapar.

La curiosidad de ver la escena y cómo se entendería en esta filmación tocaba a su fin. Parece claro que la incomodidad del discurso de Teseo traspasa al lector hasta llevarlo a los personajes y que ambos directores la sintieron lo suficiente como para plasmarlo en su realización. Estaba a punto de cortar —por el momento— cuando la escena siguiente me dejó mudo del impacto. Asistimos a entrada de Lisandro (Dick Powell) y Demetrio (Ross Alexander), esos amantes intercambiables que cortejan a Hermia con desiguales resultados. A fuerza de parecerse, ambos saludan con la misma descontextualización: empleando el saludo romano (¿no estamos en Atenas?), que en esos tiempos —mitad de los años treinta, como se recordará—ya era bien conocido como saludo fascista. ¿Romanos en Atenas? ¿Fascistas en una obra de Shakespeare?. A uno le queda la intriga, porque Reinhardt, ex-director de la Grosse Spielhaus y admirado confeso de los artistas degenerados que condenó el nazismo y judío él mismo, salió de Alemania en 1933 como vía de rechazo al nazismo. ¿Por qué los hace saludar de tal guisa?2




En cualquier modo, no es poco probable que doscientos directores de escena hayan adoptado hoy en día la costumbre de trasladar el contexto de la obra a la Alemania nazi, a los campos de concentración o al interior de un horno crematorio donde danzan (o copulan) Puck y Titania. Es muy posible que sea mi propia ignorancia sobre las representaciones shakespearianas lo que me haga que semejantes escenas me produzcan sorpresa o extrañeza.
Notas:
1. En las imágenes relativas a Hipólita corrijo primer plano por plano medio, como acertadamente me señala la profesora Cora Requena. En tanto que Teseo es mostrado en un primer plano. Elimino también las referencias al picado y contrapicado, de nuevo siguiendo de nuevo sus indicaciones y explicaciones, que me han hecho entender que no eran oportuno hablar de tales angulaciones. Espero haberlo entendido bien. Si no ha sido así, se achaquen los errores a mi espantosa capacidad visual (16 de Abril de 2008).
2. Me hacen notar que la aparición de dos romanos de ley en medio de una extraña Atenas (los dignatarios atenienses visten atuendo del XVI) bien puede ser debido a una chapuza en el vestuario y a la ausencia de asesores históricos; además, me sugieren que la sonrisa de Demetrio y Lisandro restaría plausibilidad al saludo hitleriano. La cosa quedaría explicada porque 'los romanos visten de romanos y saludan a la romana'. Es una interpretación hábil, siempre que se tenga en cuenta que el Sueño no puede presentar entonces errores de bulto al vestir a los griegos de romanos, sino que ha de ser intencional. En esta Atenas hollywoodense convergen personajes de todo tiempo posible por elecciones particulares de sus directores.
Anoto esta interpretación porque me parece lo suficientemente estable, mas no me deja de martillear la idea de que en el año del montaje el saludo a la romana había dejado de ser exclusivamente el saludo escénico de los romanos; otras resonancias políticas se habían abierto ya, y el mismo Reinhardt tenía que ser el último en no notarlo. Sin embargo, la finalidad de todo esto se me escapa y no acierto a dar con una explicación lo suficientemente sólida como para confrontarla a la que me comentan (10 de Abril de 2008).
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27 Marzo 2008

No sabemos con certeza si fueron cuatro o cinco los años desde que los últimos acordes de la música de Thomas Morley se extinguiesen en los jardines nocturnos de Elvetham, cuando William Shakespeare terminó de escribir una obra que, en la edición de Thomas Fischer —el llamado First Quarto— fue bautizada con el título de A Midsommer nights dreame (no A Midsommer-nights dreame, como dice Astrana Marín y cuyo error ha sido perpetuado ad nauseam por las continuas reimpresiones de sus traducciones), y que hoy conocemos, en grafía actualizada, como A Midsummer Night's Dream. Se ha conjeturado por los elementos temáticos que es muy posible que hubiese sido elaborada para ser representada en el marco de las bodas de personajes nobiliarios, y se ha discutido con largueza lo que nunca se podrá saber: quiénes eran los hipotéticos contrayentes en esa ocasión o si la reina Elisabeth asistió o no al enlace y a la posterior representación. La insistente aparición de la triple boda y, sobre todo, el discurso de despedida de Oberon
Now, until the break of day,
Through this house each fairy stray.
To the best bride-bed will we,
Which by us shall blessed be;
And the issue there create
Ever shall be fortunate.
(5.1.392-397)
Ahora, hasta rayar el día
Que cada hada vague a su antojo
Al mejor lecho nupcial nosotros iremos,
y será por nosotros bendito;
Y el que allá sea engendrado
Siempre será afortunado.
se ha interpretado con frecuencia como un deseo que traspasa los límites del escenario y se dirige al auditorio. Otros lo han negado, explicando que no tenemos dato objetivo alguno que avale tal hipótesis y que el parlamento de Oberón y la temática esponsalicia bien puede funcionar en tanto obra teatral si se representa en un lupanar. Esto es, que cada obra, de Shakespeare o de quien se prefiera, mantiene su propia autonomía independientemente de su génesis y entorno de representación. Actualmente, y aunque el asunto no puede traspasar los límites de la conjetura, la crítica shakespeariana se inclina por la representación para la celebración de unas bodas nobiliarias en pro de la plausibilidad. Nadie crea, sin embargo, que se han bajado las espadas. Por el contrario, se mantiene una fenomenal pugna acerca de los nombres de los contrayentes que no acabará, me temo, hasta el Día del Juicio, cuando nos levantemos a son de trompeta y, revestidos de nuevo tanto nosotros como Shakespeare de nuestros abominables cuerpos materiales, podamos preguntarle, mientras esperamos el veredicto que nos mandará a los Infiernos, para qué ocasión exactamente escribió su obra.
Mientras tanto, sea como fuere y aunque no conozcamos con nombre y apellido el contexto de su estreno, hemos de notar que como tantas otras veces Shakespeare trasciende la obra de circunstancias y supera la coyuntura al componer algo que rebasa el mero encargo teatral y, si se me apura, las expectativas depositadas en él como maestro de comedias. Es indudable la habilidad alcanzada por el Shakespeare de etapa media, en pleno vigor creativo, y es difícil que ningún patrono, sea quien fuere, se mostrase descontento con la calidad final del encargo. Mas en ocasiones, el autor hace gala de una extraña irreverencias en la historia que no debieron ser pasadas por alto por los asistentes cultivados que atendían al desarrollo de la comedia, y que quizás se rebulleron en sus asientos al escuchar determinadas partes. Como espectadores habituados a las formas teatrales —tal y como hoy somos duchos en el noble arte de desentrañar videoclips o de percatarnos de las múltiples alusiones ocultas en los anuncios comerciales— debieron identificar rápidamente a los recién desposados con la pareja Teseo-Hipólita, y es de suponer que a sus oídos sonarían algo acres las palabras del primero al decirle, en los primeros compases de la obra:
Hyppolita, I woo'd thee with my sword,
And wonne thy loue, doing thee iniuries
Hipólita, te he cortejado con mi espada,
Y gané tu amor causándote heridas
Injuries (iniuries) son, como en inglés contemporáneo, heridas, mas Onions (A Shakespeare Glossary; enlarged and revised throughout by Robert D. Eagleson, Oxford 1986) nota que el término vale también por lo que se puede verter como agravios o lesión de los intereses propios. Las heridas pueden ser, por tanto, físicas o metafóricas. La espada de Teseo ha podido tajar tanto la carne como el reino de Hipólita. Aquellas personas que vieron en su día la obra no dudarían ante la elección, y antes de pensar en Teseo como un maltratador de mujeres tenderían a verlo como un destructor de reinos que se le oponían en batalla. Aún así, la cosa no se muestra demasiado halagadora con la identificación, al sugerir que el caballero ha ganado a su dama a fuerza de hacerle agravios, por más que en los dos siguientes versos, afirme con olímpica jactancia que ahora quiere conquistarla merced a la gloria y al relumbrón, algo que tampoco parece ni delicado, ni comedido. Sabiendo que los parlamentos amorosos tramados por Shakespeare podían ser extremadamente gentiles y que las réplicas de las damas eran capaces de ser tan agudas como afiladas, sorprende el silencio sometido de toda una brava Reina amazona como la elección más oportuna. ¿A qué, me pregunto, escribir un pasaje tan arriesgado, que roza la injuria a sus patronos?
Pobre dama y pobres familiares suyos, qué hubiese pasado si llegan a tomarse a mal los versos. Por fortuna —para nosotros y para Shakespeare— parece que no fue así fue. Es posible que no todo el público estuviese pendiente, y que, merced a esa escasa atención, no salieron a relucir los puñales de enmendar agravios. Así, los sicarios y los asesinos no buscaron al autor del insulto por las oscuras callejas londinenses, y permanecieron tranquilos, con las armas enfundadas, gastando honradamente sus monedas en tabernas y burdeles. El jubón del dramaturgo no precisó, por esta vez, el remiendo que mereció su osadía. Gracias a esa pequeña contingencia, descuido o falta de atención, Shakespeare pudo proseguir incluyendo nuevas osadías o inconveniencias en sus obras ulteriores, entre la que no es la menor (si la obra fue escrita, como parece, tras la revuelta de Essex en 1601), escribir tras la conjura de Robert Devereux que casi derroca a Elisabeth I, una tragedia en la que el monarca ocupa ilegítimamente su trono tras haber asesinado al rey, y donde el verdadero heredero se revela como un incapaz para gobernar un país. Siempre me ha divertido imaginar que, tras divulgarse Hamlet, con las soberbias interpretaciones de Richard Burbage alabadas en toda la capital, la reina Elisabeth tuvo que dormir durante una temporada con tapones para evitar que nadie le vertiese por accidente venenos en los oídos, y que maldeciría en el lecho durante una buena temporada el nombre del autor teatral que andaba dando ideas sobre las mejores maneras para llevar a cabo un magnicidio a todos y cada uno de los ambiciosos nobles de Inglaterra.
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17 Marzo 2008
Aún en los terribles tiempos en los que era niño, el amor a los animales estaba bien visto. Ocuparse de alimentar a las palomas, dar de comer a los gatos callejeros para que no muriesen de inanición o echar migas de pan en los escasos estanques que habitaban los patos (los cisnes eran rareza de zoológico) se consideraba una noble actividad humana, tan benéfica como pacífica. Por el contrario, aquellos ciudadanos que, en aras de una mala entendida higiene social, ofrecían comida envenenada a los perros abandonados o a los gatos del lugar para «que no ensuciasen la calle», no se libraban de la censura social que los tildaba de amargados, locos, refractarios a cualquier tipo de sentimiento o, simple y llanamente, partícipes de una conducta criminal, entendiéndose que bien cerca andaban de aquellos otros sujetos que, con la excusa de mejorar la raza humana y de crear una sociedad superior, mandaron a judíos, gitanos, eslavos y miembros de minorias étnicas y políticas a la chimenea.

He citado a las palomas y a ellas me quiero referir ahora. Siendo niño, las recuerdo revoloteando a centenares por la Plaza del Pilar, en confuso vuelo, abalanzándose sobre los granos de maíz o migas de pan que había por los suelos. Qué bellas y extrañas me parecían. Aún no sabía de aquel libro de Ibn Hazm de Córdoba, a quien, para poner título a su tratado sobre el amor, no encontró mejor nombre que El collar de la paloma, en referencia a los tonos irisados que muchas especies de estas aves tienen en cuello y pecho y a su imagen como ave del amor. Ni tampoco conocía las asociaciones que hacían de la paloma blanca el símbolo de la paz por excelencia, cuando no de la pureza. Ni, desde luego, había leído a Anacreonte, y me faltaban años para conocer a la paloma que, en vuelo libre y puro, planea por la introducción de la Crítica de la Razón Pura; o aquellas que Gabriela Mistral vindicaba y que anidaban a la sombra de las blancas; o las cándidas palomas de Samaniego, muertas bien por acción del milano o por estrellarse como kamikazes ante una pintura (un ejemplo más violento que aquello que Plinio nos cuenta sobre otras aves engañadas por una obra de Zeuxis de Heraclea); ni las innumerables que habitan en las páginas de Literatura y que, a cada poco, me vienen a la cabeza y al recuerdo; por no hablar de los columbarios que he observado que, por analogía, vienen a recordarme a los palomares y sus moradores.
Pero de un tiempo a esta parte, se está extendiendo la percepción de considerar a esta ave que nos acompaña en nuestros asentamientos como poco menos que una plaga dañina. Bien sea por su número creciente, bien porque ocasiona algunas molestias (mínimas, a mi juicio) con su presencia, tanto la opinión pública como la Admistración han empezado a declararles la guerra. Pasamos del amor a las palomas a odiarlas sin medida de manera vertiginosa. Los envenenamientos son frecuentes, justificados a veces por razones tan peregrinas como irracionales: «son ratas con alas», me repiten. Como si esto quisiese (o pudiese) decir algo.
servido por robertokles
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