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La Coctelera

Robertokles

Sobre animalismo, literatura, música y otras minucias

15 Febrero 2008

Dio t' manda 'na sajetta

Se puede tener dos clases de genio: el bueno y el malo. A quien investiga contra el cáncer con gran éxito, o se dedica a hacer obras de Arte más allá de la natural potencia humana, solemos verlo con tal reverencia que lo encuadramos dentro de la genialidad. Por otro lado, de aquella persona que tiene mal carácter, decimos que tiene mal genio, o incluso que tiene mucho genio, sin que por ello se nos ocurra pensar que nuestro irascible amigo va a componer, de golpe y porrazo, un concierto para piano en un periquete. Dentro de los primeros (de los genios buenos) podemos encuadrar -por decir alguno- a Ghiberti y a Niels Böhr; en los segundos, a Hitler, y probablemente a mí mismo.

Pero no nos será difícil pensar en una persona que combine ambas suertes de genio; es decir, que se pueda ser un creador de primera y tener un carácter de mil demonios: Caravaggio parece que era de esta clase de tipos, un ángel en pintura y un truhán asesino en la calle. José Ribera, llamado el Spagnoletto porque era de corta estatura, tenía un grupo de amigos que convencían a los pintores afincados en Nápoles de que no era conveniente presentarse a los concursos (para decidir quién pintaba un cuadro en una iglesia determinada) a los que él concurría. El maduro Beethoven era fecundo en explosiones de cólera, razón por la que se le temía como al mismo diablo. También a esta categoría pertenece el Oso de Busetto, que era como se le llamaba al también extraordinario compositor Giuseppe Francesco Fortunino Verdi.

La cosa de los dos genios de Verdi venía, parece ser, de bastante atrás. Lejos queda la imagen de un Verdi ignorante en la música, pero con ideas revolucionarias, llegando a Milán y alcanzando el solio de la gloria. Ya de niño, en Roncole (una población agraria asentada en la margen sur del hermoso río Po, y perteneciente a Parma), el joven Peppino había dado ya muestras de tener talento para la música. Parece que tocaba la espineta tan bien, que Stefano Cavaletti, por entonces un reputado constructor de órganos, se la reparó gratuítamente cuando estaba ocupado del órgano de San Michelle Arcangelo en Roncole. Sea como fuere, el pequeño Peppino, cercano a la iglesia por razones musicales (había recibido lecciones de órgano desde los cinco o seis años y, por decirlo de alguna manera, no es este un instrumento que haya en casa de todo hijo de vecino) tenía entre sus labores ayudar a la celebración de la misa, algo que por otra parte era extraordinariamente frecuente en los niños de la época. Un día que estaba en esas funciones de monaguillo asistiendo a Don Masini en la iglesia, se distrajo tanto escuchando la música del órgano que no atendió a las indicaciones del párroco para que le alcanzase el agua y el vino. El cura, que también debía tener una sobresaliente capacidad de ira, o bien le empujó, o bien le dio una patada por detrás para que espabilase, pero el resultado de que el pequeño Peppino cayó rodando las escaleras del altar. Ante la humillación pública (y el dolor físico que debió causarle), el pequeño Verdi, enfadadísimo, le gritó:

- Dio t' manda 'na sajetta!

Que traducido al castellano viena a decir ¡Quiera Dios que te alcance un rayo!, o como se dice más coloquialmente ¡Mal rayo te parta!

El escándalo que debió producir allá por 1820 que un niño maldijese al sacerdote que estaba en el altar no debió ser pequeño; sin embargo, lo curioso es que 8 años más tarde, la petición de Verdi a Dios fue escuchada, y a Don Masini le alcanzó el citado rayo en la iglesia de la Madonna dei Prati, a las tres y media de la tarde, durante el octavario de la Fiesta de la Natividad de la Virgen (es decir, el 8 de Septiembre de 1828). El mismo Verdi tendría que haber estado en ese lugar (ya como cantante de liturgia, o bien para servir el banquete, dado que sus padres poseían una taberna), y por haberse detenido a hablar con unos amigos, llegó tarde para asistir a lo que hubiese sido su cremación.

El rayo acabó con la vida de un perro y su cachorro, una yegua, dos miembros del coro (uno de ellos, un primo de Verdi) y quattro preti: entendemos por tanto que era un rayo enorme, gigantesco. Supongo que no será necesario aclarar de qué manera se dispararían los rumores en la región acerca de la prodigiosa capacidad de maldecir del futuro maestro.

Tags: verdi, maldicion

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Astronauta

Astronauta dijo

Sebastián de Covarrubias (que me tiene en vela, como la primera vez que abrí las páginas de un diccionario y no pude parar debajo de las sábanas hasta que la pila de la linterna dijo: basta) en su Tesoro de la Lengua Castellana:

GENIO. Cerca de los gentiles sinificaba el demonio, espíritu que residía con cualquiera hombre, y que cada uno tenía dos, uno que le animaba para el bien y otro que le incitaba para el mal; y ambos creían nacer juntamente con el hombre. Díjose genio, según estos, a gignendo, vel quia nobiscum gignatur, vel quia illi procreandorum sacra divinitas commissa putatur. Cuentan Plutarco y otros autores, que una noche se apareció a Bruto una visión de una persona horrenda y fiera, y preguntándole quién era, y qué le quería, le respondió: «Tuus sum, o Brute, malus genius, me videbis postea in Philippis», y con esto se desapareció. Llamando luego Bruto a sus criados que estaban en su antecámara, les preguntó si habían visto entrar o salir a persona alguna de su aposento, o si habían oído algunas voces; respondieron que no habían visto ni oído nada. Otros dijeron que genio no era otra cosa que la simetría y conmensuración de los elementos, la cual conserva los cuerpos humanos y los de toda cosa viviente. Otros una virtud e influencia de los planetas que nos inclinan a hacer esto o aquello; y no solo constituían genios a los hombres pero también a las plantas y a los edificios, y como dijo Marcial, a los libros: «Victurus genium debet habere liber». Según verdad, todo hombre en naciendo tiene un ángel bueno en su guarda, y según opinión de algunos, para ejercicio, un malo que nos pretenda divertir; uno ni otro no pueden forzarnos, y en nuestra mano está el asentir o no asentir a lo que nos representaren en la fantasía. Y esto baste para quien no ha de seguir de propósito esta materia.

Qué curioso cómo Covarrubias identifica la diversión como único propósito del mal aunque esto siempre según unos u otros que no según verdad.
Volviendo a Verdi, escucho ahora los Dies Irae del Requiem y, claro, no me extraña que aquel muchacho fuese capaz de maldecir, ¿cómo si no?

Abrazos

22 Marzo 2008 | 01:41 PM

robertokles

robertokles dijo

Interesantísimo tu mensaje, Astronauta. Sólo hago una matización, que a ti no se te habrá escapado, pero que a lo mejor aclara algo a las multitudes que nos leen en esta página: Se tiene que tener en cuenta que 'divertir', en siglos XVII y XVIII, no significa exclusivamente aquellas actividades que nos causan solaz y alegría, sino más bien, como acepción más empleada, aquello que nos provoca «(...) descuido, abstracción de aquel objeto, ministerio ú otra ocupación á la que estaba aplicada la atención ó el discurso» (DRAE, 1732). Esto es, aquello que nos extravía del buen camino, del buen sendero o de las acciones benignas, proponiéndonos en cambio algunas alternativas no demasiado bondadosas.

El ejemplo de Covarrubias que nos traes es delicioso y no puedo resistirme a glosar parte de él, ahora que estoy embarcado en lecturas plutarquianas. La traducción de Plutarco que emplea Covarrubias vierte el 'daemon' griego por el 'genium' latino, que sabemos que no son exactamente lo mismo. Covarrubias, como los humanistas de su tiempo, tiene sus dudas para hablar de los daemones, envueltos como estaban en la problemática humanista de traducir del griego 'daemon' por 'demonio'... y encontrarse que el Sócrates de Platón, a quien se veía como un cristiano avant-la-lettre, se jactaba de andar por las calles de Atenas con su pequeño daemon a cuestas. Covarruvias termina por validar (como harían autores posteriores) que en determinados momentos, debemos de entender que los genios son ángeles, buenos y malos, que se pasan la vida dándonos la murga y aconsejándonos qué diablos tenemos que hacer.

Naturalmente, para Plutarco, 'daemon' es otra cosa. El ejemplo traído a colación aparece por dos veces en sus 'Bioi paraleloi': al final de la 'bios' de César (Vida de César, 69) y de forma casi literal en la que dedica a Bruto (Vida de Bruto, 36 et passim). Que Plutarco emplea el posesivo para indicar que el 'daemon' (en las versiones castellanas suele emplearse 'genio', pero en las inglesas, usan más habitualmente 'spirit' o incluso 'phantom') no deja género de dudas para darnos razón de que, en efecto, la aparición proviene del mismo Bruto o está vinculada de alguna manera con él. De 'talla descomunal' y aspecto hostil' (en César, 69) o, con algo más de prosopopeya en Bruto, 36, 'strange and dreadful apparition, a monstrous and fearful shape', el 'daemon' se planta frente a Bruto en medio de la noche, antes de la batalla de Filipos. «Me verás más tarde en Filipos», le dice, a lo que Bruto, hombre templado, le responde «Allí te veré». En Filipos, Bruto se enfrentó a los ejércitos de Octavio y Antonio y les dio una paliza colosal, llegando a tomar el campamento del primero; pero los daemones no avisan en vano y, tras una segunda aparición esa misma noche, sin pronunciar esta vez palabra, el amigo Bruto no se hizo ilusiones de lo que le esperaba. La siguiente vez que se toparon en batalla, fue su ejército el que se quedó batido y, sabedor de lo que le esperaba, se quitó honorablemente la vida.

En el 'Julio César' de Shakespeare, el daemon personal de Bruto queda transformado en el espíritu vengativo de César, que se levanta para incordiarle y reprocharle su asesinato.

Besos

22 Marzo 2008 | 02:44 PM

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