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La Coctelera

Robertokles

Sobre animalismo, literatura, música y otras minucias

17 Marzo 2008

Palomas (I)

Aún en los terribles tiempos en los que era niño, el amor a los animales estaba bien visto. Ocuparse de alimentar a las palomas, dar de comer a los gatos callejeros para que no muriesen de inanición o echar migas de pan en los escasos estanques que habitaban los patos (los cisnes eran rareza de zoológico) se consideraba una noble actividad humana, tan benéfica como pacífica. Por el contrario, aquellos ciudadanos que, en aras de una mala entendida higiene social, ofrecían comida envenenada a los perros abandonados o a los gatos del lugar para «que no ensuciasen la calle», no se libraban de la censura social que los tildaba de amargados, locos, refractarios a cualquier tipo de sentimiento o, simple y llanamente, partícipes de una conducta criminal, entendiéndose que bien cerca andaban de aquellos otros sujetos que, con la excusa de mejorar la raza humana y de crear una sociedad superior, mandaron a judíos, gitanos, eslavos y miembros de minorias étnicas y políticas a la chimenea.

He citado a las palomas y a ellas me quiero referir ahora. Siendo niño, las recuerdo revoloteando a centenares por la Plaza del Pilar, en confuso vuelo, abalanzándose sobre los granos de maíz o migas de pan que había por los suelos. Qué bellas y extrañas me parecían. Aún no sabía de aquel libro de Ibn Hazm de Córdoba, a quien, para poner título a su tratado sobre el amor, no encontró mejor nombre que El collar de la paloma, en referencia a los tonos irisados que muchas especies de estas aves tienen en cuello y pecho y a su imagen como ave del amor. Ni tampoco conocía las asociaciones que hacían de la paloma blanca el símbolo de la paz por excelencia, cuando no de la pureza. Ni, desde luego, había leído a Anacreonte, y me faltaban años para conocer a la paloma que, en vuelo libre y puro, planea por la introducción de la Crítica de la Razón Pura; o aquellas que Gabriela Mistral vindicaba y que anidaban a la sombra de las blancas; o las cándidas palomas de Samaniego, muertas bien por acción del milano o por estrellarse como kamikazes ante una pintura (un ejemplo más violento que aquello que Plinio nos cuenta sobre otras aves engañadas por una obra de Zeuxis de Heraclea); ni las innumerables que habitan en las páginas de Literatura y que, a cada poco, me vienen a la cabeza y al recuerdo; por no hablar de los columbarios que he observado que, por analogía, vienen a recordarme a los palomares y sus moradores.

Pero de un tiempo a esta parte, se está extendiendo la percepción de considerar a esta ave que nos acompaña en nuestros asentamientos como poco menos que una plaga dañina. Bien sea por su número creciente, bien porque ocasiona algunas molestias (mínimas, a mi juicio) con su presencia, tanto la opinión pública como la Admistración han empezado a declararles la guerra. Pasamos del amor a las palomas a odiarlas sin medida de manera vertiginosa. Los envenenamientos son frecuentes, justificados a veces por razones tan peregrinas como irracionales: «son ratas con alas», me repiten. Como si esto quisiese (o pudiese) decir algo.

servido por robertokles 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

abi

abi dijo

es muy bueno lo que escribis, creo que de toda la web sos la primera persona que habla BIEN de las pobres palomas. yo siempre busco en google sobre ellas y me encuentro con cada comentario como 'hay que matarlas a todas'. yo no se como hay gente que puede decir eso, cada vez que las veo me dan tanta ternura, que parece imposible que las odien tanto.
:'(
suerte!

25 Febrero 2009 | 06:26 PM

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