Palomas (II)
Llega a mis manos un tríptico editado por el Ayuntamiento de Parla con la colaboración de Athisa (más que conocida empresa de exterminio) que me deja estupefacto. Y antes de explicar mi estupefacción y expresar por qué entiendo que el mismo tríptico es un problema en sí mismo, tengo que decir que lo que me inquieta son fundamentalmente dos puntos. Primero, el modo de dar información a la población acerca de lo que la Administración considera un problema (y se da el caso de que Athisa, la otra parte que suscribe la hojilla, no lo concebirá como un problema sino como una fuente generadora de sus ingresos), la argumentación ofrecida y el enfoque a la hora de justificar los fines de control poblacional; segundo, la oscuridad a la hora de informar acerca de las soluciones que el Ayuntamiento de Parla ha adoptado para llevar a cabo dicho control poblacional.
1. Los modos de información:
Como se ve en las imágenes adjuntas, el tríptico lleva el título 'Programa de control de palomas'. Rápidamente, en la primera carilla del interior, se nos conduce a un hecho incontrovertible: que las palomas pueden contraer y/o propagar enfermedades. Es un hecho cierto. No me cabe duda. Lo mismo ocurre con perros, gatos, vacas, ratones, burros, caballos, mosquitos, niños rubios o generales de infantería. Unos y otros son capaces bien de enfermar (como todo ser vivo), de portar enfermedades que no padecen pero que sí pueden transmitir (piénsese en los mosquitos) o incluso de enfermar de males que afecten tanto a sus congéneres como a quienes no lo son (son aquellas enfermedades que dan lo que se llama el salto de especie). Siempre y cuando se expliciten con mayor o menor claridad las posibilidades de que la especie humana tiene de enfermar a causa de la mera presencia de animales no humanos en su entorno, la información no tiene necesariamente que ser alarmista. Es decir, que es precisa una valoración cuantitativa de los riesgos que se corren a fin de abordar las soluciones. En caso contrario, el planteamiento puede llevarnos a la demagogia, a la magnificación irreal o a la creación de sofismas de lógica formal como el siguiente que planteo:
1. Los ancianos son capaces de enfermar.
2. Los ancianos son capaces de transmitir la enfermedad de la que enferman.
3. Ergo los ancianos nos transmiten enfermedades y han de ser considerados como un problema.
4. El problema se soluciona regulando la población anciana.
A cualquiera que emplease este pseudoargumento se le tacharía de zoquete, de neonazi o quizás —y con más razón, pienso— de no haber asistido al colegio el tiempo suficiente o en su defecto, haberlo hecho con ínfimo aprovechamiento. Desde los tiempos de Aristóteles, distinguimos entre potencialidad y acto. Efectivamente, todos los animales reseñados (humanos incluídos) tienen esa capacidad de ser elementos de transmisión y contagio de ciertas enfermedades: de ahí a que, por la mera posibilidad, lo hagan de ordinario, hay un mundo. Y de ahí a que se elabore un plan de eliminación de riesgos atacando directamente al transmisor ya no es que medie un mundo, sino media galaxia. Pero quizás sea esperable que se aduzcan tales para-razones en un tríptico generado, dirigido, estimulado o aconsejado por una empresa de exterminio. Se limita, me da la impresión, a generar y propagar el miedo de la población para justificar lo que ya es un hecho: que, contrato de Athisa por medio, las palomas ya están siendo exterminadas.
La apelación básica, decimos, es la del miedo a la enfermedad transmitida por las aves, que tan altas cotas alcanzó con los casos de gripe aviar que han saltado a la luz. Naturalmente, no se explica que el virus H5N1 de la gripe aviar tiene su mayor cota de incidencia en las gallináceas, y que toda población que quisiese minimizar riesgos de contraerlo, bien haría en primer lugar de dejar de consumir pollo, dado que con frecuencia, por su extremado número, el control veterinario legal que se practica se revela del todo punto insuficiente. Son millones de aves las usadas para ser empleadas como comida. Y dado que los medios veterinarios son limitados y que no contamos con un ejército de ellos, lo único que pueden hacer es un muestreo más o menos representativo de los animales que son destinados al consumo humano. Esto quiere decir que, si tenemos una granja industrial en la que haya 150.000 pollos (es decir, una granja intensivista de tamaño mediano), el veterinario de inspección examinará muestras de 150 pollos (o de 15, o de 32) para determinar un estado de salud general. Imaginen ustedes lo que sería si, de los 40 millones largos de habitantes que hay en España, el sistema de salud examinase a —pongamos— 4.000, y determinase en función de esos 4.000 individuos el estado general de salud de todos y cada uno de los ciudadanos de la nación. Insuficiente, ¿verdad?. No sé si alguien que me lea habrá pensado alguna vez que, sólo en este país, unos 800 millones de pollos (gallinas jóvenes) son destinados al consumo cárnico anualmente. Saque sus conclusiones quien quiera, pero entiéndase cuáles serían en este caso las prioridades.
En lo que toca a las palomas, haría falta un prolongado contacto directo con su materia fecal para entrar en situación de riesgo, suponiendo que éstas estén infectadas. Y por lo que he investigado, no tenemos ni un solo caso de paloma enferma de gripe aviar en este país ni, por ende, ser humano alguno que haya padecido esa enfermedad.
En lo relativo a la Chalamydia psittaci, bacteria que provoca la psitacosis (otra de las enfermedades que pueden dar el salto de especie de aves a seres humanos y de la que se nos alerta periódicamente), la incidencia sigue siendo mayoritaria en los psitaciformes (es decir, el orden que comprende a loros, papagayos, periquitos y cotorras) hasta el punto de ser conocida popularmente como la fiebre del loro y, de nuevo, y por cuestiones de hacinamiento, medra entre las llamadas aves de corral (que ahora están en factorías), gallináceas fundamentalmente. El caso es el mismo que el anterior, como se verá. Que la misma orientación del panfleto pone su punto de alarma —si es que de preservar la salud de la ciudadanía se trata en estos tiempos de auge de la biopolítica— en un punto que, ni de lejos es el más importante y que el que suscribe teme mucho que sea marginal.
La página de Athisa recoge también algunas enfermedades de las que pueden ser portadoras las palomas cuando están en pésimas condiciones de salud (y menos mal que ponen el condicionante). El listado es tan sucinto como carente de explicación. Recoge, por elegir una de ellas, aquellas enfermedades producidas por los adenovirus, sin explicar ni lo que son, ni en la medida en la que las palomas pueden transmitirlo. Bástenos saber que en estudios de suficiente entidad científica ni siquiera citan ave alguna como portadora o transmisora directa de las diversas adenovirosis. Esto no quiere decir que no puedan portarla, pero nos da una idea del grado de relevancia que dichos estudios dota a las aves, por no decir a las palomas. Tentado estoy de escribir la palabra irrelevante, pero tampoco es cuestión de perder la ecuanimidad. Véase, por ejemplo, el artículo aparecido en la Universidad de Virginia, también refrendado en el Portal de la Virología, dependiente de la Universidad de Alicante.
El segundo de los puntos hace referencia a ese crecimiento desproporcionado que la Administración observa en las poblaciones de palomas. Y, no habiendo un censo poblacional de por medio (¿acaso los responsables de la Concejalía de Sanidad y Medio Ambiente del Ayuntamiento de Parla, que tan preocupados se muestran con el asunto, se han preocupado de censar la población de palomas que anida en su municipio y aplicarles el mínimo trato veterinario como, al menos, comunicaba que iban a hacer sus homólogos de Langreo?), la cosa queda a niveles perceptivos de qué es exactamente un aumento de forma desproporcionada. ¿Qué se considera que tiene que ser un aumento proporcionado? ¿En función de qué parametrización se basa tal afirmación? Desde luego, y por lo que he andado preguntando por ahí, no me parece que haya mayor número de palomas que, por ejemplo, hace treinta años, cuando tampoco había predadores y tenían el mismo alimento disponible, si no más. Es decir, que una de dos: o es un problema que viene ya de antiguo, o bien las razones aducidas para ese desproporcionadísimo aumento poblacional no son las adecuadas. Queda por responder la pregunta de la cuantía del número de palomas que tiene que haber para no suponer un riesgo de transmisión de enfermedades. Si es que ése es el caso.
El punto subsiguiente es especialmente grave: se acusa a las palomas de deteriorar los inmuebles con los ácidos de sus heces. Atención, porque la cosa no deja de ser curiosa en una localidad como Parla que, con todos mis respetos, no es que cuente con los mismos argumentos de conservación de edificios que Florencia o Siena. ¿Cuál es el nivel de deterioro que alcanza un edificio al ser bombardeado por las pérfidas palomas? Planteada así la cuestión, uno se siente tentado a interpretar que, antes de referirse a un ladrillo deslucido en una barriada de vecinos como la que yo mismo habito, se está haciendo referencia al riesgo de derrumbe del Partenón (de Parla) o aún del palacio mediceo ideado por Michelozzo di Bartolomeo para el embellecimiento de Parla. ¿Pero qué broma es ésta? ¿Es que justifica esto que se capturen con redes centenares de palomas y se las dé muerte acaso? ¿Es una medida proporcional? Si de conservación de inmuebles se tratase, más valdría que lanzásemos redes para capturar automóviles y camiones (que destrozan la calzada), peatones y grafiteros (que terminan por afear o desgastar, a base de uso, paredes y aceras) o incluso paracaidistas y avionetas, que cometen el desaforado delito de ensuciar los cielos con su propia presencia. De veras que en algunos momentos los pergeñadores de este tríptico me recuerdan a aquel marinero al que, a fuerza de querer ser libre, le estorbaba el mar para navegar.
Y, para finalizar, viene el despropósito más palmario de todo el texto. Se insta a la ciudadanía (o mejor: se prohibe a los ciudadanos; véase el recuadro en la imagen no. 3) a no alimentar a las palomas porque (imagen No. 2) el factor más importante que motiva el excesivo número de palomas es la alimentación incontrolada. Así, se comprende que las palomas, al tener suficiente alimento y no perecer de inanición, están en disposición de sobrevivir tanto ellas como su prole, ciclo que se invertiría si, en lugar de encontrar facilidades alimentarias, la misma comida comenzase a escasear haría que sólo una parte de la población de palomas estuviese en condiciones de reproducirse, quedando otra parte con carencias alimentarias que les ocasionaría, a la postre, la muerte por hambre. Lo curioso del caso es que se contradice con lo expuesto en la imagen no. 3, en la que se recuerda al lector que estas aves encuentran por sí solas alimento con facilidad y que la sobrealimentación conduce a exceso de población y sus problemas asociados. Interesante comprobar la extraña y perversa manera que tienen estos señores de entender el asunto, en el que sólo las palomas sobrealimentadas (me guío estrictamente por lo que aparece en el texto, sin tratar de hacer enmienda por mi parte) estarían en disposición de aumentar la población, en tanto que aquellas que encuentran alimento por sí mismas no podrían.
En definitiva: las explicaciones (?) que se aducen para llevar a cabo una acción de control de la población de palomas son ciertamente extrañas, por no decir que parecen haber sido escritas por quienes, o no han querido examinar el asunto con detenimiento, o bien han pasado por encima de todo argumento y razón para llevar a cabo una acción que, esté o no teñida de sangre, reporta beneficios económicos. A costa de quienes, parece no importar mucho.







Settembrini dijo
¡Válame dios, comparar a los ancianos con las palomas! Pero alma de cántaro, qué amor te ha entrado por los animalejos. Me gusta alimentar a las palomicas más que a nadie, pero una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Es cierto lo de las enfermedades, que proliferan cuando la concentración de palomas alcanza niveles escandalosos. Como ocurre con las ratas. Porque no diré que las palomas son ratas con alas, como sostiene más de una cabeza bien amueblada, pero sí diré que son animales definitivamente sucios.
Por otra parte, su proliferación es antinatural. Como conocedor de la informática habrás oido hablar del problema de los zorros y los conejos. Bueno, pues las palomas necesitan halcones para ser soportables. Y puesto que no es cosa de llenar las ciudades de aves carroñeras y similares, pues habrá que sustituirlas por métodos menos dignos. Al menos fuera de los aeropuertos, que son el paraíso de los cetreros.
En fin, que no me va en animalismo. Tampoco es que me guste la caza, pero sigo siendo un humanista devorador de palomas, enemigo de las ratas y firme partidario del completo exterminio de las cucarachas.
17 Marzo 2008 | 06:06 PM