Leningrado

Los últimos estudios sobre la génesis de la Sinfonía No. 7 en Do Mayor, op. 60 de Dmitri Shostakovich ponen en duda que su inspiración inicial estuviese en el asedio de Leningrado por parte del Ejército Nazi. Al parecer, Shostakovich llevaba dando vueltas al famoso tema de la invasión antes de que ésta se produjese en septiembre de 1941. No obstante, y a mi humilde juicio, esto no desdice el carácter de la obra. La denuncia de la brutalidad fascista, invada la Madre Rusia o Polonia, con o sin cercos sangrientos, es palmaria: el uso (y abuso) de la percusión, la presencia insoslayable de los metales, la repetición obsesiva y machacona de un mismo motivo no deja lugar a dudas.
Mi entendimiento de Shostakovich parte de la base de que era un compositor influído poderosamente por la vanguardia, presiones y capitulaciones aparte. Por eso, la primera vez que escuché la Sinfonía Leningrado, me sorprendió el inicio del allegretto: comienza con un tema apasionado, majestuoso y romántico, basado en la cuerda y en el viento-madera, casi convencional en su concepción, entreverado de Bruckner o Mahler. Sospechosamente postromántico, diría yo. Para un compositor tan mordaz, tan tendente a la burla y a la parodia —antes que al drama— es una extraña entrada la que se propone. El final de este tema inicial, con un violín solista que acaba en una tesitura altísima enlaza directamente con la percusión de una caja que, en la distancia, va tocando su ritmo de marcha. Las cuerdas (altas y bajas) en pizzicato, atenuadas, y posteriormente un orondo clarinete dibujan el famoso tema principal de la invasión. Aquí ya asoman los matices burlescos de Shostakovich: la melodía que compone la marcha es sencilla y pueril, y tiendo a pensar que, antes que representar la marcha de las tropas en la distancia, propone el infantil intento de seducción del fascismo. El tema de la marcha se repite nada menos que doce (!!!) veces, una repetición que es muy difícil de justificar por motivos estrictamente musicales si desproveemos a la obra de su intención programática. Progresivamente, la adición de elementos orquestales y el aumento de intensidad (habría que reseñar las partituras con una imposible sucesión de efes) terminan por construir una especie de Bolero de Ravel perverso y monstruoso. Trompas, trompetas y trombones aúllan. La percusión golpea enloquecida. Las cuerdas se debaten en un equilibrio imposible oscilando ebrias de un lado a otro. Todo el carácter seductor se pierde en un maremagnum sonoro espantoso. Si aquellos que lo escuchen lo consideran insoportable, es que han llegado al corazón de las intenciones de la obra. Inmersa en la estética del siglo XX, es curioso que una de las obras estructuralmente más conservadoras y melódicamente menos arriesgadas de Shostakovich se posicione de manera tan franca a la hora de renunciar al equilibrio que tiene toda belleza. No está compuesta para seducir, sino que, por medio de un sarcasmo brutal, provoca en el oyente el más profundo de los rechazos.
Nota: El oyente habrá de tener algo de paciencia. El archivo de audio comprende el movimiento inicial de la sinfonía, que se extiende algo más de veinte minutos. Por razones de mínima calidad sonora (compresión a 224 kbps), para escucharlo se necesita descargar unos cuarenta megas. Naturalmente, el tiempo total de descarga dependerá de la conexión del usuario.


argentino agustin gomez dijo
Adoro estos comentarios musicales de un gran conocedor de temas,
siempre escuco MOZART, ahora voy con Sostakovich
16 Mayo 2008 | 12:25 AM