Rousseau, atropellado por un perro
Por lo general, Rousseau suele provocar reacciones extremas. Pese a que me disgusta su tono plañidero y me asombro con su insaciable capacidad para ver conjuras contra él donde no había nada, con su desatada manía persecutoria (me explico: no perseguía a nadie; pensaba que le perseguían todos), y no sufro facilmente cuando adopta el tono iluminado de la santurronería naturalista, sin embargo, leo sus libros (menos las Confesiones y las Ensoñaciones del Paseante Solitario) con bastante agrado. Una cosa es el hombre, y otra el autor. Confieso que en esto de que a uno le pongan entre la espada de Beatles o la pared de los Rolling y toda esa serie de elecciones forzadas, en la habitual entre Rousseau y Voltaire suelo quedarme con el último. Me encanta su sarcasmo, su ironía, y lo afilado de su pluma (Voltaire es un escritor excepcionalmente dotado para la sátira). Y sin embargo, en el pasaje que vengo a ofrecer hoy, Voltaire fue tan agudo que llegó a cortar a sus lectores, y es Rousseau quien termina por provocarme un sentimiento de compasión. Pero pasemos a narrar el incidente al que me refiero:
En la segunda promenade (ensoñación) de sus Ensoñaciones del Paseante Solitario, el anciano Rousseau nos narra que en octubre de 1776 (es decir, que sumaba 64 años), tras haber comido, sale por los bulevares hasta la cuesta del Ménilmontant, (1) entreteniéndose en el descubrimiento y reconocimiento de las especies botánicas.
Era otoño, y el buen ginebrino nota que las gentes de la ciudad habían abandonado esos parajes, quedando éstos solitarios tras el término de la vendimia (2). El efecto hace mella de inmediato en el peculiar carácter del filósofo, tan proclive a la melancolía y la lamentación, dando como resultado el comienzo de una reflexión que versaba sobre hasta qué punto tales soledades no eran acordes con esa etapa de su vida, para él desdichada, solitaria, y acechada por la vejez y las conspiraciones que (tan fértilmente imaginadas) se urdían en su derredor (3).
Tan embebido estaba el pobrecico en estas tristes reflexiones, cuando a las seis de la tarde, en la pendiente de Ménilmontant, regresando a casa, siente que se apartan las personas que caminan ante él (nótese lo peculiar de esta soledad roussoniana), quedándole frente a un enorme gran danés lanzado a la carrera delante de una carroza. ¿Qué hacer? El pobre Rousseau es anciano, y no ha reaccionado a tiempo. Ignoro el tamaño que estos canes podrían tener en el XVIII; ahora pesan cerca de 60 kilos, e incluso he visto algunos más pesados. Así que se le ocurre la peregrina idea de ¡saltar para que el perro pasase por debajo de él mientras estaba en el aire! (4)
Imaginad el porrazo tan tremendo que tuvo que darse; parece que salió despedido tan lejos, con los pies arriba y la cabeza abajo, que incluso la cochero, que conduciría a una velocidad de espanto, tuvo tiempo para frenar a tiempo y no pasarle al ginebrino por encima. Rousseau se golpeó la cabeza, y quedó tendido sin conocimiento un tiempo indeterminado (él reconoce que cuando se despertó, era casi de noche (5)). Aturdido, tarda largos minutos en recordar quién es, dónde vive, y qué hace en ese lugar. Maltrecho como estaba, prefiere caminar a morir de frío en un simón (un carruaje de pasajeros), lo que nos da idea de que Rousseau comenzaba a ser él mismo, expuesto siempre a su exagerada hipocondria y a su proverbial tacañería (6).
El caso es que se restableció lentamente de las magulladuras (aparte de la pérdida momentánea de conocimiento, no tenía nada importante), pero se vio expuesto a los efectos del rumor. En París, cuando llega la noticia, lo hace desfigurada y da la versión de que el escritor ha muerto a consecuencia del incidente. Mientras el filósofo se retuerce de rabia en su casa, sospechando que los editores saquearán sus escritos sin publicar sólo para imputarle obras espurias, y que esa acción tendra como objeto manchar su buen nombre (Rousseau era ciego para ver que lo único con lo que querían mancharse estos señores era con dinero), tenemos noticia de que el corresponsal del Courrier d'Avignon publica esta dura necrológica en la edición del 20 de Diciembre del mismo año:
«M. Jean-Jacques Rousseau ha muerto a consecuencia de su caída. Vivió pobre, ha muerto miserablemente; y la singularidad de su destino le ha acompañado hasta la tumba. Lamentamos no poder hablar de los talentos de este escritor elocuente; nuestros lectores deben sentir que el abuso que de ellos hizo nos impone aquí el más riguroso silencio. Hay motivos pata creer que el público no será privado de su vida y que se encontrará hasta el nombre del perro que le ha matado ».
Más duro se muestra Voltaire, aun es cierto que en privado. En una carta fechada enviada a Florian y fechada el 26 de Diciembre de 1776, se hace eco de una variante de la noticia:
«Jean-Jacques ha hecho muy bien en morir. Se dice que no es cierto que sea un perro el que lo mató; curó de las heridas que su camarada el perro le había hecho; pero se dice que el 12 de diciembre se le ocurrió celebrar la Escalada [fiesta ginebrina] en París con un viejo ginebrino llamado Romilly; comió como un diablo y al darle una indigestión, murió como un perro. Qué poca cosa es un filósofo.»
Pues eso: qué poca cosa es un filósofo.
Notas:
1. Le jeudi 24 octobre 1776, je suivis après dîner les boulevards jusqu'à la rue du Chemin-Vert par laquelle je gagnai les hauteurs de Ménilmontant
2. Depuis quelques jours on avait achevé la vendange; les promeneurs de la ville s'étaient déjà retirés; les paysans aussi quittaient les champs jusqu'aux travaux d'hiver.
3. Il résultait de son aspect un mélange d'impression douce et triste trop analogue à mon âge et à mon sort pour que je ne m'en fisse pas l'application. Je me voyais au déclin d'une vie innocente et infortunée, l'âme encore pleine de sentiments vivaces et l'esprit encore orné de quelques fleurs, mais déjà flétries par la tristesse et desséchées par les ennuis. Seul et délaissé, je sentais venir le froid des premières glaces, et mon imagination tarissante ne peuplait plus ma solitude d'êtres formés selon mon coeur. Je me disais en soupirant: qu'ai-je fait ici-bas? J'étais fait pour vivre, et je meurs sans avoir vécu. Au moins ce n'a pas été ma faute, et je porterai à l'auteur de mon être, sinon l'offrande des bonnes oeuvres qu'on ne m'a pas laissé faire, du moins un tribut de bonnes intentions frustrées, de sentiments sains mais rendus sans effet, et d'une patience à l'épreuve des mépris des hommes.
4. Des personnes qui marchaient devant moi s'étant tout à coup brusquement écartées je vis fondre sur moi un gros chien danois qui, s'élançant à toutes jambes devant un carrosse, n'eut pas même le temps de retenir sa course ou de se détourner quand il m'aperçut. Je jugeai que le seul moyen que j'avais d'éviter d'être jeté par terre était de faire un grand saut si juste que le chien passât sous moi tandis que je serais en l'air. Cette idée plus prompte que l'éclair et que je n'eus le temps ni de raisonner ni d'exécuter fut la dernière avant mon accident. Je ne sentis ni le coup ni la chute, ni rien de ce qui s'ensuivit jusqu'au moment où je revins à moi.
5. Il était presque nuit quand je repris connaissance.
6. Je pensai que puisque je marchais sans peine il valait mieux continuer ainsi ma route à pied que de m'exposer à périr de froid dans un fiacre.


Ana dijo
Pues me lo he leido entero menos las notas en frances, y mira que para que yo lea... hasta me han entrado ganas de saber mas... :)
31 Mayo 2008 | 04:06 PM